Cuesta creer que uno de los grandes directores referentes del cine hubiera empezado tan temprano, en los años 20. Tan cerca de grandes iniciadores como Flaherty, Murnau, Fritz Lang... porque Hitchcock casi que siempre estuvo ahí, desde el inicio. Nacido incluso en el siglo XIX, cuando el séptimo arte comienza a caminar. Es el mejor momento para los primeros pasos del director en los años veinte, pues será él el que perfeccione las fórmulas existentes, establezca unos estándares mínimos, unos baremos narrativos, una forma de narración que casi nadie puede lograr. Estar a la altura de este gran narrador de imágenes es consolidarse como un prestigio hecho persona, por eso casi nadie ha sabido hacer cine de la misma forma que él.
Aunque comienza diseñando títulos para películas y escribiendo un par de guiones junto a Graham Cutts, es en 1925 cuando dirige su primer film en solitario. 'El jardín de la alegría'. Una película que sigue a Jill (Carmelita Geraghty), una chica que tiene la oportunidad de dedicarse a la danza gracias a la audición que su amiga Patsy (Virginia Valli) le consigue. Jill está prometida a su pareja Hugh (John Stuart), pero tener una buena posición en el mundo del espectáculo no solo le abre caminos al éxito, sino también, los brazos de los otros hombres. Son sus miradas las que empiezan a dirigirse a otro sitio más que en Hugh, sus besos los que pueden caer en los labios de otros... Pero por desgracia, Hugh no lo sabe, porque está fuera, en las colonias de África, junto a Levett (Miles Mander), su compañero y futuro pretendiente de Patsy.
Lejos de ser un spoiler esta descripción de personajes, es la perfecta presentación de los cuatro grandes pilares fundamentales que conformarán esta trágica y sumamente dramática película. Hitchcock transforma el guion de Eliot Stannard, en un sublime cuento mudo que si no tiene diálogos, sus intérpretes harán el trabajo más difícil: expresar y moverse. Porque aún falta un par de años para que el cine sonoro estalle con 'El cantante de jazz' en 1927. De todas formas, esas películas no son excusas para que Hitchcock mantenga su habilidad en auge narrando de forma muda. 'La mujer del granjero' es un ejemplo perfecto de cómo hacer una película comprensible y accesible para todos, sin necesidad de palabras.
Hay intertítulos, pero bastante menos de los que podría haber usado. No es un requerimiento para el director que se escuchen sus voces. Él conoce una técnica que explotará en su carrera: el movimiento. Ya sea por la cámara, que en este caso es fija, aunque los reencuadres son movimientos de cámara internos, y en 'La ventana indiscreta' no dejará de moverse; ya sea por sus personajes que están en constante nervio e intranquilidad; ya sea creando situaciones que dejen a entender muchas cosas, ninguna conclusa para dejar el resto de film hacer su trabajo. Porque aquí también cae el punto fuerte de su dirección: el planteamiento. No conforme con saber presentar exquisitamente a estos cuatro personajes, plantea secuencias que desde un primer momento marcan sus objetivos, sus pensamientos y sus actitudes. Juega no solo a lo visual, sino también a la morbosidad y el misterio.
Aunque no es un thriller sobre asesinos ni psicópatas, el esconder o mostrar dentro y fuera del encuadre es un recurso que aplica ya desde su primera película. Cuando ambas amigas se estás desvistiendo pero la cámara solo enfoca de hombros para arriba, y cuando parece que están completamente desnudas, no hay desnudos explícitos, sino sugerencias con ropa siendo arrojada al suelo. Es precioso observar cómo Hitchcock juega a este misterio no necesariamente siendo un slasher, que luego puede aplicar en 'Psicosis' o mismamente en 'Vértigo'. De hecho, ni siquiera es una directa sexualización, porque su idea no es convertir estas dos figuras femeninas en dos elementos sensuales, sino que son dos mujeres que tendrán fuerte impacto emocional a lo largo de la historia.
Lo que sí es preciso destacar es que su faceta como voyeurista ya se ve iniciada aquí. Desde su primera secuencia, donde un espectador en un espectáculo de Patsy utiliza un monóculo para fijarse detenidamente en las piernas de las bailarinas. En este contexto, sí que se enmarca a la mujer desde una postura más física que sentimental o pura. Pero vamos, que quien ve la película sabe que ni Patsy ni Jill serán dos mujeres únicamente para explotar la sexualidad. Serán conductos para testificar contra las relaciones amorosas fallidas y verdaderas, pero no desde el sentido más exhibicionista del director.
Es un dilema que adoro, porque al mismo tiempo, sienta como una patada en el estómago. Son situaciones que me ponen realmente incómodo porque logro ponerme en los zapatos de las víctimas. Hugh no sabe que su prometida flirteará de manera escandalosa con otros hombres, y es una posición que duele. Porque aunque él no lo sepa, yo sí y no puedo advertirle. De esta forma, el impacto de la noticia, si llega, será tan fuerte que incluso a mí mismo me rompería el corazón.
Logra del mismo modo que empatice con algunas figuras, como Patsy, quien es la humanidad hecha persona. Es la persona más desgraciada que he conocido en mucho tiempo y quiero estar ahí para darle un abrazo, pero no puedo atravesar la pantalla. Es admirable el nivel de compromiso que llego a tener con una película muda, de la que además, faltan quince minutos de metraje que son perdidos. Sin embargo, lo peor de aquí es el sentir como un disparo al corazón ver personajes confundir el amor con el poder. No saber o no querer poner límites sabiendo que hay alguien esperando, a quien has prometida una gran fidelidad. Es un embrollo social que a más de uno pondrá entre las cuerdas, porque es un bofetón o un jarro de agua fría en la espalda. Y seguramente, muchos de los que vean esta película que compartan la misma funesta visión de la traición, dirán que es justificable, porque x cosa. Con esa gente no quiero ni verme en persona.
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