El arranque de la película es de una atmósfera apocalíptica: un hotel abarrotado donde no quedan habitaciones disponibles, sin comida y con los huéspedes atrapados por una nevada que impide cualquier salida. En este escenario de aislamiento, destaca la exquisita invención de un país ficticio (Bandrika) con un idioma propio e incomprensible que, lejos de ser un obstáculo, forma parte del encanto de la función. Aunque su idioma sea algo parecido al francés-
Hay una distinción clara y gozosa entre las personalidades de los personajes. Iris (Margaret Lockwood, cuya actriz me deja perplejo), la joven protagonista, es profundamente carismática aunque luce una marcada cara de poca paciencia; por su parte, la anciana Miss Froy (May Whitty) puede ser una pesada insoportable. Basil Radford como Charters y Naunton Wayne como Caldicott son una pareja de hombres (amigos) que dejan marcado el choque de actitudes frente a estas mujeres. El enfoque de los personajes femeninos está basado en los privilegios, el respeto y una elegancia. Un claro ejemplo de esto, es cuando la doncella se dispone a cambiarse delante de los dos hombres principales: lejos de derivar en el morbo, estos actúan con escrúpulos y se retiran a tiempo con un toque de humor que ambos encajan a la perfección. Aunque estos dos protagonistas masculinos prometen una relevancia crucial desde el inicio, la película juega astutamente a hacer que no sepamos si podemos fiarnos del todo de ellos, por mucho que queramos hacerlo.
Una vez en marcha el tren, la joven sufre un golpe en la cabeza que le provoca mareos y alucinaciones, y Hitchcock retrata a la perfección lo angustioso que resulta recuperarse en un espacio cerrado mientras todos los pasajeros del compartimento la observan fijamente en silencio. Es, tras quedarse dormida, cuando acontece el detonante: al despertar, la anciana Froy ha desaparecido. Si menciono expresamente esta escena es porque la desaparición es tan efectiva que no solo queda confundida Iris, sino yo también. Sé lo mismo que ella y descubriremos todo en paralelo.
Aunque la premisa no sea el misterio más intrincado jamás planteado por el director, porque unos años más tarde nos presentaría 'Vértigo', la gracia no recae en la desaparición en sí, sino en que todos se hagan los tontos y actúen como si la anciana jamás hubiera existido. El planteamiento mantiene un tono detectivesco que no suelo percibir en el cine de Hitchcock, jugando a la trampa constante con el espectador: pero lo que sí sabemos que todo parte de una mentira y que los pasajeros son unos manipuladores verdaderamente malintencionados. La diversión radica en evaluar cómo la gente simula ignorancia, dejando en el aire la duda de si la anciana es real o una simple alucinación producto del golpe de la joven. Y decir esto no es una manera descarada de destrozar la sorpresa de la película, porque partiendo de la base narrativa, cualquiera tendría estas ideas desde el principio.
Lo brillante de esta "conspiración del silencio" es cómo Hitchcock justifica que unos nieguen la verdad y otros realmente no se enteren de nada. El director aprovecha los intereses egoístas de cada individuo para volverlos cómplices: cada personaje tiene una conversación donde expone sus motivos personales para no decir la verdad, cuyos motivos están elogiados por un humor inteligente, sofisticado y simple. Aunque sus razones no tengan relación directa con la trama central, convergen de forma rotunda para sostener la mentira y funcionar como el motor drama de la historia.
Cabe admitir que la película se siente muy pesada en varios tramos explicativos, provocando que me quede dormido a ratos o me disperse perdiendo el hilo de la conspiración. Sin embargo, Sidney Gilliat y Frank Launder, los guionistas, parecen ser conscientes de esta densidad y utilizan el humor directo como un revulsivo necesario para sacudir la guardia baja del espectador fatigado.
Chistes como el uso de la palabra "abracadabra", creer que han desmotando toda la paranoia por una caja de paja o la absurda prioridad de los ingleses por un partido de críquet frente al riesgo de que asesinen a todo el vagón, consiguen sacarme una sonrisa y devolverme la atención a la pantalla. Asimismo, hay planos clave que son el inicio del juego, el click que hace que el mecanismo vaya funcionando y no quede el ritmo completamente estancado en lo absurdo sin retorno. Es, en ese momento, cuando me encuentro a lo Leonardo DiCaprio señalando la televisión porque ha visto algo importante y parece pasar desapercibido.
Hitchcock tiene un profundo respeto por la inteligencia del espectador al emplear una narrativa visual deductiva. El director no nos toma por tontos: primero plantea la pista clave mediante un plano detalle —como una monja y unos tacones— para que seamos nosotros quienes asentemos la idea y deduzcamos el engaño antes de que los personajes lo confirmen en voz alta. Esta forma de reforzar las sospechas a través del diálogo posterior me mantienen a raya y me reenganchan si me he perdido algún detalle por el camino.
El mayor estímulo se efectúa con la misma tranquilidad calculadora con la que actúa el villano principal. Cuando se desata la acción, se para el tren y se desencadena lo que se veía venir, la película regala un final sabroso, perfectamente escrito, tenso y magnífico. Es satisfactorio aunque el entretenimiento sufra altibajos a causa del ritmo denso y el cansancio físico, pero el impecable tramo final redime por completo la experiencia y deja un excelente sabor de boca.
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