Entre incestos y caza de brujas | Crítica de 'Dies irae' (1943) SIN SPOILERS
12 Sep 2026 · 10 visitas

'Day of Wrath' es una lenta tortura mental ejecutada impecablemente. Dreyer coge una premisa tan simple como el pecado, el incesto y la caza de brujas para construir una obra asfixiante, pero tan pausada y distante que acaba martirizando más mi paciencia que los propios verdugos a sus víctimas. Es el triunfo del rigor cinematográfico frente a un ritmo que me aplasta.


El diseño espacial sostiene gran parte de esa pesadez. Los paneos y travellings de seguimiento no solo integran las reglas de continuidad sin saltos de eje, sino que redimensionan las estancias con una intención sofocante. Un travelling circular siguiendo a Anne (Lisbeth Movin) delimita las paredes, las columnas y las esquinas del espacio, haciéndome consciente del encierro físico y claustrofóbico que la rodea. El escenario se transforma en un universo cerrado sobre sí mismo.


Una precisión en el encuadre que se traslada de manera directa a la dirección de actores. En la escena donde Martin (Preben Lerdorff) y su nueva madre, Anne, se conocen, la sobriedad es absoluta: pocos diálogos directos, silencios prolongados y una contención gestual nacida de la incomodidad de no saber cómo reaccionar. El diálogo marca sus posiciones ("mi joven madre", "mi gran hijo") mientras Dreyer decide reducir el contraplano para centrarse en el rostro de la madre de Absalon, Merete (Sigrid Neiiendam).

Lisbeth Movin (Anne) en 'Dies irae' (1943, Dreyer)
Lisbeth Movin (Anne) en 'Dies irae' (1943, Dreyer)

A pesar de que el tratamiento de cámara entre las mujeres de la casa parece idéntico, la distinción fundamental radica en la expresividad que Dreyer extrae de cada una:


Anne: mantiene una mirada perdida hacia el horizonte. Esa falta de fijación visual transmite un proceso interno constante de duda, deseo y sufrimiento, lo que define por completo al personaje.

Merete: muestra un semblante rígido y oscuro. Su mirada funciona como una herramienta de juicio moral, crítica implícita y odio reprimido.

Sigrid Neiiendam (Merete) en 'Dies irae' (1943, Dreyer)
Sigrid Neiiendam (Merete) en 'Dies irae' (1943, Dreyer)

Eso funciona bien, pero de lo que más disfruto es de la gestión de la violencia a través de las distancias sonoras. Durante el castigo a Herlof's Marte (Anne Svierkier), la fisicidad explícita de la tortura se oculta por completo. Dreyer prefiere enfocar las caras largas y la incomodidad de los personajes principales mientras se escuchan los alaridos agónicos de la víctima mezclados con las oraciones de Absalon (Thorkild Roose) y el llanto de Anne. Esta decisión me obliga a completar mentalmente la barbarie que no se ve, volviendo la escena psicológicamente más violenta que si mostrase la carne rota en pantalla.


Es gracias al tratamiento sonoro, que apoya esa incomodidad de manera constante. Con una estructura casi propia del cine mudo donde la música se reserva exclusivamente para los golpes dramáticos, los silencios ambientales cobran un peso asfixiante. El tictac constante del reloj ralentiza el tiempo narrativo, cargando de pesadez cada interacción. La dilatación del tiempo entre frase y frase deja espacio para que el dogma religioso contamine la escena. Incluso en secuencias en el exterior, como la tormenta de viento, la naturaleza física de la ventisca amortigua y supera las voces de los personajes, subrayando su impotencia frente al entorno.


A pesar de la brillantez en la construcción de su atmósfera y el valor de abordar temas que desafían los límites morales, la distancia formal de Dreyer impone una barrera insuperable para mí. Si se compara con la brutalidad explícita de directores herederos de esta tradición como Lars von Trier en 'Antichrist', Dreyer apuesta por una violencia de carácter puramente mental, institucional y dogmático.

Thorkild Roose (Absalon) en 'Dies irae' (1943, Dreyer)
Thorkild Roose (Absalon) en 'Dies irae' (1943, Dreyer)

En 'Day of Wrath', la violencia no pasa por el impacto directo ni por la confrontación física o verbal explícita, lo que provoca que el ritmo cansino y la sobriedad extrema terminen por distanciarme. El sufrimiento permanece atrapado dentro del encuadre: son los personajes quienes quedan destrozados por las sospechas, mientras que yo contemplo el proceso desde una fascinación analítica más que desde un dolor visceral. Es un ejercicio cinematográfico impecable en sus formas, pero cuya parsimonia termina dejándome frío porque busco un golpe directo al estómago.

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