Esto no es una película, es una tortura | Crítica de 'El ser querido' (2026) SIN SPOILERS
27 Aug 2026 · 45 visitas

Las ganas que tenía de ver esta película presentada en Cannes y que tan buena reputación se llevó en el festival me llevaron a convencer a todo mi grupo para ir a verla juntos al cine. Ya de primeras, el cine español es algo que nunca me llama especialmente la atención, pero esta vez pensaba que valdría la pena. No sabía exactamente qué esperar ver; o tal vez sí: me temía de antemano encontrarme con una plasticosa y descarada copia de 'Valor sentimental', pero despojada de cualquier tipo de valores sentimentales. Tristemente, eso es justamente lo que me encuentro al ver la odiosa película. 'El ser querido' pretende venderse como un drama reflexivo y profundamente emotivo sobre las complejidades de una relación familiar rota, pero termina convertida en dos horas y cuarto de pura tortura cinematográfica.


A Rodrigo Sorogoyen parece encantarle hacer sufrir al espectador poniendo su paciencia al límite desde el minuto uno. La primera secuencia, la escena de apertura, es simplemente infinita y cuenta con un despilfarro de palabrería que ni interesa a nadie ni aporta nada sustancial a la trama. Lo que se termina contando en veinte agónicos minutos se podría haber resumido perfectamente en cinco. Hay una cantidad ingente de diálogos cíclicos que tienen cero sentido sustancial y que provocan unas ganas incontenibles de levantarse e irse de la sala de cine nada más empiezan a hablar. ¿Te crees que me importa lo más mínimo lo que te ocurra, Bardem? ¿Crees que me interesa qué tan mal padre fuiste y sigues siendo? ¿Crees que me importa la película que quieres rodar? Nada de eso. El verdadero problema no es solo que la propuesta sea exagerada e innecesariamente larga; el verdadero problema es que me importa cero lo que me está contando.


Supongo que la película pretende que el espectador se sienta aturdido con toda esa emoción y esa tensión que detona en las peleas, las discusiones domésticas y los momentos de rodaje, pero a mí me pesa tan poco como que mañana vaya a hacer sol. ¿Que tu hija no te habla? ¿Y a mí qué me importa? Es que yo tampoco le hablaría, porque el personaje es un insoportable. Y lo mismo aplica a Sorogoyen y a Isabel Peña en la escritura: tratan de armar un montaje reflexivo y sentimental, pero da la sensación de que el director terminó ayer el curso académico de cine y se ha propuesto hacer una película con escasas habilidades de continuación, coherencia y fotografía. Escucho a Bardem y lo único que entiendo es que quiere que su hija trabaje para él, demostrando que en el fondo le importa un carajo su bienestar. Ojo, también es de agradecer que mantengan ciertas distancias naturales en el guion para que no se note tan a la vista el plagio descarado a la otra, pero joder, un poco más de respeto por la escritura. Me hace falta algo más de profundidad textual. Me hace falta más empeño en querer decir algo con sentido. Es que ni siquiera se pueden sacar muchas conclusiones del metraje porque no hay mucho más de donde rascar: son siempre las mismas tonterías discutidas constantemente en bucle. Si al menos hubieran diversificado la temática conflictiva entre ambos y no se hubieran limitado a repetir si van a rodar o no, o si el padre es un borracho o no, entonces habría estado mucho más implicado en su discurso.


En este sentido, la comparación con Joachim Trier es demoledora. En la película de Trier, la relación entre padre e hija no se limitaba únicamente a la excusa profesional de rodar una película. Había una interacción muchísimo más rica y madura que hablaba sobre el abandono, sobre el afecto, sobre el cariño, el respeto y la posibilidad de una reconciliación genuina. Trier fue mucho más allá, siendo infinitamente más personal, profundo y equilibrado. Aquí, por el contrario, quedan retratados como unos interesados en la dinámica del trabajo y no en la verdad del sentimiento.


Volviendo al trabajo actoral, hay que matizar las cosas. Javier Bardem, como actor, está muy bien: resulta imponente, sofocante y descaradamente provocador. Su presencia en pantalla es tan arrolladora que dan ganas de pelearse físicamente contra él para que se relaje, se siente y se calle un poco de una vez. Consigue con éxito que odie a su personaje desde el primer instante. Sin embargo, lo malo de este enfoque es que me canso rápidamente de sus cabreos y de sus malos modales, hasta el punto de desear con todas mis fuerzas que se acabe la película con tal de no tener que verlo ni escucharlo más. El problema que tengo con Luengo es que, después de un rato en pantalla, dejo de creerme sus lloros por completo. No me conmueven en absoluto las lágrimas que derrama en primer plano. No me preocupo lo más mínimo por sus traumas o problemas familiares; no quiero saber nada de ella, ni me interesa averiguar si acabará solucionando el conflicto con su padre o si se dejarán de hablar para siempre en cuanto caigan los créditos. Luengo podrá actuar bien formalmente, pero no pienso en nada bonito ni memorable cuando la tengo en mente. Se limita a hacerse la afectada por los traumas que le causó su padre, pero más allá de eso, ¿qué más da? Si total, sé perfectamente que me voy a olvidar de su personaje en cuanto me levante y me vaya a mi casa. Es una relación que me pesa muy poco. No emociona en ningún punto; solo me cabrea, y no por el deseado «efecto ficción», sino por la pretenciosidad que deslumbran al retratar una relación tan quebradiza basada en diálogos vacíos.


El montaje roza el nivel de un estudiante de cine principiante. Seré yo que no comprendo estas manías experimentales de cambiar los formatos de imagen tres veces dentro de una misma secuencia, pero silenciar la escena varias veces, eliminar la cromaticidad para pasar al blanco y negro repentinamente y sin venir a cuento, o encadenar planos que no se cortan ni queriendo mientras se cierra el encuadre hasta ahogar la pantalla, me pone de los nervios. No soporto la cinematografía. Lo único que me viene a la cabeza al ver estos recursos es que alguien que no tiene ni idea de montaje ni de lenguaje visual, se ha sentado en la sala de edición y ha empezado a tocar botones al azar para intentar hacer algo que «sobresalga» de lo cotidiano. Hay momentos de absoluto silencio que imagino que querrían transmitir algo trascendental, pero como no sé qué es ni hacia dónde va, tampoco quiero saberlo. Solo me queda la esperanza de que el tiempo avance lo más rápido posible.


Lo único que hago durante las dos horas y cuarto de metraje es poner cara de incomprensión cada vez que la dirección comienza a experimentar de manera gratuita con la imagen y el sonido. «¿Por qué hace esto?», me pregunto en la penumbra. «¿A cuento de qué viene este corte? ¿Pero qué me quiere decir con este encuadre?». Si me hago estas preguntas continuamente no es porque el cine sea complejo, sino porque o no se entiende nada o el director no consigue su objetivo (el cual ni siquiera sé cuál es). Sorogoyen peca de tremendamente pretencioso en su estilo visual: parece saber muy bien qué busca, pero yo me rompo la cabeza en la butaca tratando de encontrarle una lógica narrativa a todo este despliegue.


Para entender lo mal ejecutada que está la narrativa contemplativa aquí, basta con mirar a 'Sirat' de Oliver Laxe. 'Sirat' es uno de los mejores ejemplos de cine contemplativo reciente, porque lo que aquí falla, ahí le viene como anillo al dedo a la mirada tan precisa que tiene Laxe sobre las raves, el techno y las reconciliaciones familiares. Su primera secuencia es lisa y llanamente sublime: son encuadres que saben exactamente qué buscan, qué quieren contar y dónde se debe enfocar la atención. Los planos en la obra de Laxe pueden durar todo lo que quieran, porque nunca caen en el exceso gratuito y logran transmitir con una fuerza demoledora que el padre está completamente solo y va a tener que afrontar toda la mierda que le depare el futuro. Pero lo de Sorogoyen es una simple pérdida de tiempo que intenta jugar a lo mismo pero cae estrepitosamente en el fracaso. A veces, la generosidad de un director se demuestra sabiendo cortar la toma mucho antes. No necesito estar observando un plano detalle fija de los ojos de Luengo durante cinco minutos seguidos. Eso, en una película que no se sostiene por sí misma a nivel de guion, convertir sus 135 minutos de duración en un desquiciante martirio.


Lo único que puedo destacar mínimamente, y que alivia de algún modo esta fatiga tan demoledora, es el toque de humor que combate por un instante la ira insoportable de Bardem cuando intenta convencer a sus actores de comerse su plato de comida durante el rodaje de la escena. Es el único momento en que la sala de cine parece despertar del aletargamiento y se ríe. Pero vamos, dura un suspiro: mientras tanto, algunos espectadores a mi alrededor se quedan directamente dormidos y yo mismo me planteo seriamente cerrar los ojos durante un buen rato. De hecho, la propuesta es tan poco efectiva y tan poco reflexiva que, si cierras los ojos durante cinco minutos seguidos, te das cuenta de que no te has perdido absolutamente nada de la historia.


Al final, salgo de la sala completamente asqueado. Yo, mi grupo de amigos y la mayoría de las ancianas que han compartido la experiencia con nosotros en la misma sesión. Las frases de la gente al salir eran unánimes: una película larga, vacía y aburrida. Una absoluta pérdida de tiempo y de dinero. Si no me levanté de la butaca a los veinte minutos de proyección fue únicamente por respeto al cine y a mis propios acompañantes. He de estar equivocado, me digo a mí mismo con sarcasmo, porque si ha estado nominada en Cannes y ostenta tanta positividad en sus notas populares, será que realmente hay una «buena forma» de ver esta película; pero yo, sencillamente, no la encuentro. A lo mejor la veo de nuevo mañana (no lo voy a hacer) y de repente me gusta, pero hoy mantengo firmemente que es la mayor basura y la experiencia cinematográfica más desagradable que he visto en una pantalla grande en mucho tiempo. Ni me gusta, ni me emociona, ni me sostiene: es un pedazo de agujero negro en el que nadie debería caer. Sienta mal a los oídos y a la vista, un auténtico insulto del que no hay por dónde agarrarse. Es la gota china hecha película.

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