¿Existe el buenismo con el estómago vacío? | Crítica de 'Pactar con el diablo' CON SEMISPOILERS (1997)
18 Aug 2026 · 17 visitas

Imagina que eres un abogado y tienes que defender a un profesor acusado de abuso sexual a una alumna. Sabes perfectamente que es culpable, y ante ti se abren dos caminos absolutos: abandonar el caso por pura decencia o ganar dinero, fama y reputación inocentando a un monstruo. En este dilema se mueve un Keanu Reeves egocéntrico que es capaz de arriesgarlo todo con tal de conseguir lo que desea, en 'Pactar con el diablo', En una premisa donde algunos preferirían asegurar la cuenta bancaria a costa de todo, otros buscarían vivir en paz con su conciencia y ser capaces de dormir por las noches. Al final, cada quien que aplique su propia filosofía en la vida real, pero la pantalla nos exige mirar esa encrucijada sin anestesia.


Seguro que muchos recurrirían al buenismo diciendo que no, que no serían capaces de perdonar a un ente malvado como un acosador sexual o un asesino, pero ¿qué dirían si al llegar a su casa quieren cenar algo, abren el frigorífico, no hay gran cosa y todavía quedan dos semanas para llegar a final de mes? ¿Seguirían diciendo que no a la moralidad a costa de tener la tripa rugiendo y con un dinero en el banco que no es suficiente para pagar más de una factura? Quizá, más de uno dormiría mucho más tranquilo realmente pensando que tiene todo pagado, que todavía queda para cobrar el sueldo y no hay preocupaciones a la vista en cuanto a tareas financieras de la casa, pero un asesino anda suelto por ahí, y el karma podría jugarte con la misma moneda con que has pagado todo eso.


Es a lo que se tiene que enfrentar Kevin Lómax, interpretado por Keanu Reeves. Un hombre atrapado entre ceder al bien moral para arriesgarse a perder y romper su racha de victorias, o convertirse en el abogado del diablo, alimentando su propio ego a cambio de salvar a gente que jamás debería ser perdonada. Reeves ofrece aquí un trabajo poco contenido pero rígido, aunque la historia en su superficie se tambalea constantemente por la fuerza descomunal de Al Pacino. Su malévola presencia me implanta un terror físico en el cuerpo; las escenas tiemblan y pierden el equilibrio solo con verlo entrar en plano. Es, irónicamente, la película en la que peor me cae, pero esa antipatía visceral es una respuesta completamente lógica y orgánica a los oscuros rasgos de su personaje.

Keanu Reeves como Kevin Lómax en 'Pactar con el diablo' (1997, Taylor Hackford)
Keanu Reeves como Kevin Lómax en 'Pactar con el diablo' (1997, Taylor Hackford)

Aquí es donde caemos de lleno en la trampa de adorar al monstruo. Resulta fascinante la tremenda vara de medir de algunos espectadores que idolatran el carisma arrollador de Pacino mientras condenan moralmente la ambición desmedida de Kevin en los tribunales. La misma gente que aplaude a John Milton como si fuera una estrella de rock en el escenario es la que luego exige en la vida real que a los malos de verdad se les encierre de por vida sin contemplaciones. Si el diablo genera rechazo, asco y repulsión, la interpretación ha cumplido su cometido de verdad; adorarlo como a un héroe no es admiración cinéfila, es puro cinismo. Nos fascina el mal absoluto siempre que vista un traje de tres piezas, posea una elocuencia arrolladora y nos devuelva una imagen seductora desde la pantalla. Y qué curioso, es algo que critican los propios protagonistas, justamente desde el peor lado de la sociedad.


Frente a este despliegue de fuegos artificiales y efectos visuales mal envejecidos, el verdadero motor emocional lo pone en marcha una admirable Charlize Theron. Su interpretación como Mary Ann es, sencillamente, perfecta y representa el único trabajo con los pies firmemente anclados en la tierra --aunque decir eso es irónico--. No conmoverá ni al espectador más sensible si este busca la lágrima fácil o el melodrama barato de sobremesa, pero domina el arte de llorar en pantalla sin caer en la vergüenza ajena. Su sufrimiento retrata la vulnerabilidad real de quien es aplastada lentamente por el ego y la vanidad de otros. Es la única interpretación que respira verdad y humanidad en medio de semejante circo.

Charlize Theron como Mary Ann Lómax en 'Pactar con el diablo' (1997, Taylor Hackford)
Charlize Theron como Mary Ann Lómax en 'Pactar con el diablo' (1997, Taylor Hackford)

El gran problema de la cinta no está en las capacidades de su reparto, sino en las desmedidas pretensiones de su dirección y su libreto. Taylor Hackford, junto a los guionistas Jonathan Lemkin y Tony Gilroy, pretende jugar a dictar cátedra sobre qué está bien y qué está mal. La tensión entre llegar a fin de mes, la ambición desmedida, el estatus social y la corrupción moral en los pasillos de un bufete era material de sobra para construir un thriller psicológico devastador. Sin embargo, traicionan la fuerza del drama realista social para montarse una especie de 'Se7en' pero cambiando a los policías por un grupo de abogados y sus clientes demoníacos, recurriendo al chantaje de la fantasía para resolver dilemas que debieron mantenerse en el terreno de las tentaciones cotidianas. Una especie de 'Se7en' contado como un cuento faustiniano. Toda esa fantasía me sobre. La ciencia ficción no es una ventaja para contar esta historia, por bien que se integre entre los elementos narrativos.


El tramo final termina por dinamitar la propuesta en un viraje grotesco hacia el terror de serie B. Cuando la película abusa de la cháchara teológica, con la que estoy de acuerdo en parte y a la vez no, el famoso "gran monólogo" de Pacino deja de ser revelador y se convierte en una auténtica tortura por agotamiento; cuando el guion se alarga tanto en discursos huecos, la resolución cristiana me acaba dando igual y solo quiero que la pantalla se apague. Apenas se salvan dos minutos de toda esa secuencia final, los únicos que funcionan como un engranaje real entre la libre elección humana y la condenación, mientras el resto se ahoga en ruido. Si se me hubiera ido la luz en mitad de la reproducción, lo habría agradecido.


Desde un punto de vista católico, Hackford deja muy clara una cosa a través de Milton: «Mira, pero no toques. Toca, pero no pruebes. Prueba, pero no te tragues». La fe enseña que ceder ciegamente a los impulsos y a la vanidad corrompe al hombre porque lo vuelve egoísta, destruyendo su entorno. Dios permite el mal por el libre albedrío, y el Diablo invita a caer en él.


¿Es esto correcto? Depende de a quién le preguntes. Quien defienda la naturaleza humana en su estado más puro dirá que el hombre debe actuar conforme a sus deseos, pues forman parte de su esencia. Quien responda desde un dogma religioso rígido, advertirá que vivir según la carne conduce a la condenación. El propio John Milton le dice a Lomax: «Yo pongo el escenario, tú mueves las fichas». Es la trampa perfecta del diablo para exculparse: la elección fue tuya; tu propio egoísmo es el que te lleva al castigo (un concepto del que, por cierto, bebe la saga 'Saw').


Esto tiene sentido porque toda acción trae consecuencias, pero resulta debatible si guiarse por el deseo es intrínsecamente malo. ¿Disfrutar de un impulso sexual o buscar el beneficio propio es siempre reprochable? ¿Por qué la fe lo condiciona a normas tan estrictas? Porque el sexo en sí no está mal visto, sino la objetivación y la infidelidad, pues corrompen la persona y el vínculo, pero esto no es necesariamente así. No ha de haber sexualización o infidelidad de por medio. Pero claro, siempre se ha pintado el sexo como simple pecado; casi nunca matizan en este aspecto. Y en el terreno judicial, si la doctrina predica un Dios que lo perdona todo, ¿dónde queda la frontera entre la misericordia y la complicidad con el mal? Lo que buscará Dios es saber si uno perdona por beneficio propio o si lo hace por misericordia. Pero, ¿y si uno lo hace simplemente porque Dios lo perdona todo, aunque yo no quiera en el fondo? ¿Seguiría estando mal? Si estoy siguiendo la palabra de Dios... ¿Y si quisiera lo mejor tanto para mí como benefactor económico y para el culpable, para vivir su libertad? Estoy deseando el bien para ambos, nada de males, ¿qué habría de mal ahí?

Al Pacino como John Milton en 'Pactar con el diablo' (1997, Taylor Hackford)
Al Pacino como John Milton en 'Pactar con el diablo' (1997, Taylor Hackford)

En el fondo, resulta ser una obra pretenciosa que busca reafirmar las convicciones morales del público, pero que se pierde irremediablemente intentando gestionarlas. ¿Por qué transformar un complejo pulso sobre la ética profesional en una feria de caras deformadas, efectos que podrían haberse reducido a lo sonoro y al encuadre misterioso y no usar trucos visuales que rozan la autoparodia? Inyectar esa fantasía en una historia que pedía realismo no solo sobra, sino que diluye por completo el poso de una crítica social que pudo haber sido memorable.

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