Funcionar mejor en YouTube que en el cine | Crítica de 'Backrooms' SIN SPOILERS (2026)
24 Jun 2026 · 13 visitas

Kane Parsons es un joven cineasta primerizo en la gran industria cinematográfica que parte de un origen peculiar: una simple imagen publicada en 4Chan que desató todo tipo de discusiones en Internet acerca de las <<backrooms>>. De dónde vienen, cómo funcionan y por qué existen. Surgen millones de preguntas, del mismo modo que le ocurriría a alguien que empieza a estudiar psicología o filosofía y se enfrenta por primera vez a preguntas sin respuesta clara. La imagen no cuenta nada por sí sola y, sin embargo, transmite mucho más de lo que puede parecer a simple vista. A partir de aquí, Parsons comienza a explorar un mundo de posibilidades visuales y físicas, con escenarios completamente inventados y basados en esa imagen. Una cámara en formato VHS recorre estos espacios liminales con el objetivo de abrir las puertas de una dimensión desconocida y descolocar a cualquier que intenta basarse en el raciocinio, porque, al fin y al cabo, ¿por qué alguien construiría un edificio de tal forma?


Una <<backroom>> se define como una dimensión paralela formada por espacios infinitos, vacíos y laberínticos. Dicho así, lo primero que se me viene a la cabeza al pensar en backrooms son imágenes, y esas imágenes son espacios de todo tipo de estilos, distribuciones, colores y formas. Por alguna razón, la mayoría de estos espacios “inexistentes” suelen transmitir lo mismo a gran parte de la gente que los observa: incomodidad y miedo. Yo siento más curiosidad que esa incertidumbre social. Es una curiosidad insaciable por ver más de eso. Quiero siempre deleitarme de estos sitios con más niveles y que cada cual esté más corrompido y sea más raro que el anterior y me hagan sentir peor.

'Backrooms', 2026, Kane Parsons.
'Backrooms', 2026, Kane Parsons.

Por supuesto, parte de la esencia de ese mundo es la carga psicológica y emocional que desprende. Para mucha gente, los espacios liminales son representaciones visuales y físicas de desórdenes mentales. La arquitectura juega un papel fundamental a la hora de transmitir, con esos muebles y esa decoración, el tipo de salud mental del que se trata. Las backrooms dejan de ser una “simple” dimensión para pasar a ser una fragmentación del cerebro, del pensamiento, de los traumas y de las ideas de una persona. Es un viaje mental que se complica a medida que las ideas de uno mismo se corrompen, provocando un malestar hacia la propia mente del sujeto. La cabeza se traiciona a sí misma, presa de la sugestión.


Es un concepto curioso, ¿verdad? Pues Kane Parsons, el director, explora de cierta manera todo ese juego en una serie de vídeos realizados por él mismo, que acaban convirtiéndose en un fenómeno de completa viralidad en Internet. Este chico es un veterano creador de contenido estadounidense. Con apenas veinte años colabora con A24, la compañía de cine independiente más grande de la actualidad, convirtiendo las ideas del cineasta en una película completa que acaba siendo un éxito en taquilla. Parsons se convierte automáticamente en un referente del género de terror psicológico y del cine independiente. Y no es la primera vez que ocurre en la historia del cine, porque incluso ahora mismo, está presente el caso ‘Obsession’: una película también independiente de un joven cineasta que viene de YouTube (Curry Barker), sobre una terrorífica relación basada en la manipulación y la tortura psicológica y emocional.


El fenómeno backrooms explota en Internet gracias a Parsons y mucha gente empieza a interesarse por la temática. A mí me basta con saber que hay niveles, que algo me persigue y que las cargas emocionales están presentes, siempre con una predominancia en el interés visual antes que en el juego mental. Es una cuestión que depende de los intereses de cada uno y qué espera ver de una película de tales orígenes. La mayoría se siente atraída por el tratamiento de la psique mediante un aislamiento, la pérdida de la cordura y el autoconvencimiento; yo prefiero centrarme en la propuesta visual y espacial. Son enfoques distintos, pero el cine depende mucho de las perspectivas y las expectativas. Realmente porque nunca he sentido una emoción verdadera o una cierta incomodidad, sino más bien, siempre me pregunto “¿quién diseña estos lugares? ¿Qué tiene en mente el que idea estas cosas en su cabeza?”. Incluso desde pequeño me imagino mentalmente viviendo en estos escenarios dándoles forma.

'Backrooms', 2026, Kane Parsons.
'Backrooms', 2026, Kane Parsons.

Uno de mis principales problemas es la aplicación de los diálogos. Cuando veo el cortometraje de casi cien millones de visitas que Parsons tiene en su canal de YouTube, comprueba que apenas hay palabrería. De hecho, nunca parto de una base puramente psicológica cuando veo los cortometrajes, sino de una dimensionalidad específica. Veo un vídeo de backrooms y lo que observo es el descubrimiento de un universo paralelo inexplorado e inexplicable para el mundo exterior. Nunca percibo un origen que resida en una narrativa o historia convencional, sino en exploraciones.

Por eso, cuando la película es anunciada, ya se muestra una premisa narrativa, con una estructura dramática, unos personajes relacionados entre sí y un desarrollo psicológico que depende de sus pasados, sus conflictos, sus miedos… como casi todo el cine, vaya. Entonces, me surge una pregunta: si el vídeo de casi cien millones de visitas que da origen a esta película no necesita diálogos ni una ficción como suele ser vista, ¿por qué sí hay que aplicarla en la película? Para darle sentido, ¿no? Pero la gracia de esos cortometrajes nunca residieron en el sentido estricto de las historias convencionales, sino en caminar por primera vez por unos terrenos extrañamente conocidos. Cierto es también que existen vídeos que muestran, precisamente, lo que veo en el filme: una persona que abre o descubre un portal y cae automáticamente en unas oficinas amarillas, o gente que desaparece en el mundo exterior para acabar dentro de estos liminales escenarios. Pero lo que nunca he visto en los cortometrajes es un protagonista con vida, problemas y una historia personal.


Más allá de los pilares argumentales de la película, hay una explicación clara y simbólica de lo que son las backrooms. No desde una concepción social que dice “las backrooms son sitios donde nunca has estado, pero te sientes familiarizados con ellos”. Sino mediante una rica reflexión acerca de cómo nos podemos sentir solos, de nuestra propia culpa cargada sobre los hombros de otros y nuestro convencimiento mental como fruto de una falta de juicio personal e inteligencia emocional. Es algo que me llama la atención, sobre todo cuando se trata de una película que juega a la autocrítica humana, pero me falla un concepto clave. La gracia debía ser hartar al espectador con decenas y decenas de escenografías alocadas, recreando así una experiencia similar a lo que se puede conseguir con el juego ‘Liminal Space’. Pero Parsons decide enfocar más de la mitad del metraje en estos cansinos pasillos amarillos, dejando poco margen para la imaginación. No hay complacencia de las exigencias de un espectador que espera ver una ambiciosa creatividad espacial. No hay edificios completamente distintos entre sí, ni distribuciones extravagantes, ni lugares realmente raros en comparación a lo que se podría haber aprovechado, siendo consciente de la capacidad visual que se puede explotar en una producción así. Solo se ven algunos casos de los más típicos casos que se ve en cualquier vídeo de YouTube.


No hay una ruptura en la creatividad o en las leyes físicas que hagan llevarse a uno las manos a la cabeza. No me siento deleitado, para nada. Ese recorrido que podría haber alcanzando un clímax orgásmico en su contenido visual, es omitido para centrarse en la vida psicológica del protagonista, Clark, interpretado por Chiwetel Efiojor. No es algo malo tampoco, porque incluir elementos emocionales y psicológicos en la vida personal de un humano es la mejor forma de jugar para la película. Pero mi problema surge cuando toda esa psicología se superpone a la idea liminal. Y si al menos me interesaran los personaje, lo compraría sin dudar, pero no ocurre. El cansancio acaba llegando más pronto de lo que debería por culpa de estas figuras y por una repetición de guion que tiene lugar hasta tres veces en una hora y media. Reiterativa en sus diálogos, a pesar de ser fundamentales para comprender la simbología y el significado, además de ser simples en términos reflexivos y pobres en léxico, lo que es un problema, porque resta profundidad y complejidad a una historia que debería transmitir justo lo contrario. Las vidas de los protagonistas tampoco me importan y eso es un problema grave, porque ahí se encuentran las formas en que estos se relacionan para dar paso a la visión mentalista de las backrooms.

Chiwetel Ejiofor como Clark en 'Backrooms', 2026, de Kane Parsons.
Chiwetel Ejiofor como Clark en 'Backrooms', 2026, de Kane Parsons.

No todo es tan negativo. Algo a valorar profundamente es el respeto al formato VHS, aunque no se acerca ni de lejos a lograr transmitir la misma ambientación de los cortometrajes originales. Mientras que en estas pequeñas producciones la música roza la psicodelia auditiva, con un tono más alejado del típico soundtrack del cine de suspense. Y un vocabulario que, al contrario del largometraje, es mucho más profundo, abstracto y estructurado propiamente en relación a lo que se presenta: investigaciones científicas. En la película todo responde a un estilo concreto propio del cine experimental: planos de considerable duración, una música onírica y surrealista y una marcada influencia del cine lyncheano. No veo por ningún lado el falso documentalismo que tanto disfruté en los inicios de Parsons. Hubiera preferido, personalmente, un balance entre la cienciología de Async y la abstracta ficción que se presenta.


Por supuesto, ni que decir queda que el miedo con la película no existe más allá del sobresalto que puedo dar con los jumpscares. Pero con las pequeñas producciones de Parsons sí que siento un mal rollo real. Ha sido una especie de angustia no demasiado intensa tampoco, pero mayor de la que siento en la hora y media que dura la historia. Por ejemplo, el pánico que me envuelve en ‘Pitfalls’ es genuino, algo mucho más real y puro. Y ojalá haber vivido esa misma sensación en la sala de cine, pero lo único que consigo es cavilar en mis propios pensamientos. O la misma cinematografía de ‘Overflow’, que a decir verdad, la que se muestra en ‘Backrooms’ me gusta, pero pienso sin dudarlo que podría haberse sacado más partido a la fotografía. Incluso los mismos viajes en el tiempo que se experimentan en ‘Damage Control’, ¿dónde están en la película?


Lo peor de todo es pensar que, aunque no oficialmente, se ha anunciado una posible secuela, en la que según los titulares, “Parsons está en conversaciones para una ‘Backrooms 2’”. ‘Found Footage #3’ es un despliegue de lo que anhelo en la sala de cine, con tanto sentido y tanto estilismo en lo que muestra. Cierto es que algo así se ve en la película, como la interacción entre dos personajes que se encuentran en un mismo lugar y se oyen entre ellos, pero no se ven. La diferencia está en la finalidad de las secuencias. Pueden intentar etiquetar la obra como <<cine de autor>>, pero no hay dudas de que, si enfocaron de este modo las cosas para dar cabida a una segunda parte, es que siempre tuvieron la mentalidad más en el lado comercial que en el corazón y los fans. Porque, ¿qué problemas hubiera habido si en lugar de hora y media, fueran dos horas y veinte porque necesitan dar profundidad a aquello que solo han presentado en un par de secuencias? Siempre he pensado que A24 es la primera compañía en apostar por el cine de autor y el personalismo real del director por encima del billete, pero ahora empiezo a pensar que la productora ha decidido caminar, esta vez, por las venenosas tierras del cine que vende, más del que remueve.


El guion no es la mayor virtud de ‘Backrooms’, pero las actuaciones no ayudan demasiado. Chiwetel Efiojor es un buen actor y consigue que me olvide un poco de esa decepción y disgusto que soporto durante el rato que dura el tema. Me puedo llegar a creer sus pensamientos y sus sentimientos, porque es el medio perfecto para desarrollar la historia desde el punto de vista de Parsons. Si no llegase a conectar del todo con él o a comprender qué le sucede, todo lo demás lo tiro por la borda, porque para qué. Lo malo llega con la pobre Renate Reinsve, cuyos continuos y falsos suspiros de desesperación me ponen de los nervios. Me gustó verla en ‘Valor sentimental’, pero aquí no hay por dónde pillar su personaje. No es su papel, que francamente, qué me importa, sino de su forma de expresarse en pantalla. Habiendo visto la película en español e inglés, es igual de cansina cuando se la tiene que escuchar para expresar su tensión.

Ember Ambrose como la joven Mary en 'Backrooms', 2026, de Kane Parsons.
Ember Ambrose como la joven Mary en 'Backrooms', 2026, de Kane Parsons.

Lo único que consiguen la monotonía visual del eterno amarillismo y los casi infinitos planos de gente caminando lentamente, es que me reacomode demasiadas veces en la butaca esperando a que algo me ponga el corazón a mil. Puede ser un signo de una impaciencia que espera febrilmente una emboscada en su ritmo, pero yo creo que más de uno se habrá quedado quieto esperando poder inclinarse en el asiento porque una secuencia se torna violenta u opresiva. Que, a decir verdad, sí que hay algunas así: las últimas. Pero no llegan a despertar a nadie que se hubiera quedado dormido antes. ‘Backrooms’ no es lo que pudo ser y es un fastidio, que a mucha gente gustará, pero siempre teniendo en cuenta que con este término, cada quien espera cosas distintas.

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