Calificar este documental como una oda al "hombre libre" es un grave error. Existe la tendencia a confundir la ausencia de un sistema moderno o de una rutina de oficina con la libertad absoluta. Pero Nanook no es libre; está cautivo en un entorno de condiciones extremas donde la supervivencia se ve peligrosamente amenazada a cada minuto que pasa. La libertad real, según mi filosofía individual, implica la capacidad de elegir qué hacer con el tiempo, porque el tiempo es lo más valioso de lo que puede enriquecerse una persona. Si controlas el tiempo a tu gusto invirtiéndolo en lo que deseas y no dependiendo de lo que hagas durante el día para sobrevivir, entonces eres inmensamente libre. Pero si tu única opción al despertarte es emprender un viaje con temperaturas bajo cero continuas para enfrentarte a animales más grandes y fuertes que tú solo para garantizar las calorías diarias, no eres libre. Lo que la Flaherty muestra no es la pureza del espíritu humano en armonía con el mundo, sino la servidumbre absoluta ante la dictadura del clima y la biología.
Es un reflejo que se percibe en la composición visual. Esas imágenes donde el paisaje se transforma en un abismo blanco infinito y los seres humanos se reducen a manchas negras en movimiento no son un poema estético ni un ejercicio de fotografía contemplativa (aunque técnicamente sí). Transmiten una soledad y una palpitación abrumadora. A cualquiera con un mínimo de empatía le entra un escalofrío al contemplar esa escala y preguntarse cómo es posible que esa gente siga con vida. Ese blanco infinito no representa la vastedad del espacio para correr libre: representa una prisión de la que es difícil o directamente imposible escapar.
Criticar la caza o la pesca en este contexto es ignorar cómo funciona la cadena alimenticia básica de los seres vivos. El ser humano no nació con las garras de un oso ni con los colmillos de un lobo. Del mismo modo que los perros matan con sus dientes, Nanook utiliza el arpón o el cuchillo. En el Polo Norte no hay agricultura, no hay alternativas ni hay dilemas éticos: una vida requiere la carne de otra para no extinguirse.
Sin embargo, frente a esta violencia cotidiana, me surge una pregunta inevitable: ¿qué elegiría Nanook si se le diera la oportunidad de cambiar esa existencia por una vida cotidiana en una gran ciudad? Creo que la respuesta es que elegiría quedarse en el hielo. No por una idealización romántica de su sufrimiento, sino por pura adaptación y maestría. En el Polo Norte, Nanook es un experto absoluto: domina el uso del cuchillo, sabe construir un iglú en mitad de una ventisca, conoce la anatomía del terreno y sabe cómo guiar a sus animales. En una ciudad moderna, todo ese conocimiento acumulado valdría cero. Se convertiría en un transeúnte anónimo, en un inválido funcional despojado de su capacidad de control. El ser humano no tiende a quedarse donde las condiciones son objetivamente más fáciles, sino donde se siente competente para dominar su propio destino. Un buen ejemplo de ser hombre libre es poder escoger el destino que uno desea con real facilidad, pero la gran mayoría de nosotros, excepto algunos inmortales, solo puede contentarse con ese anhelo de un sueño frustrado que es nuestra vida soñada. No somos libres porque no controlamos nuestras propias vidas y tampoco el tiempo. La única libertad de la que goza es el poder decidir si seguir sobreviviendo en esas calidades vitales, ó, mudarse a las grandes y modernas ciudades. Pero él no podría tomarse un día libre, porque moriría.
Aunque durante mi etapa escolar y de formación cinematográfica este documental me resultara denso o difícil de tragar por su ritmo mudo y su formato arcaico, revisitarlo con madurez me produce una angustia brutal. El verdadero peso de la película explota en sus últimos dos minutos. No vemos a la familia llegar a un hogar "cálido" ni disfrutar de una recompensa; vemos a Nanook y a su tribu durmiendo algo apretujados en la nieve, con los perros a la intemperie en un estado aparentemente miserable. El día no termina con el descanso, sino con la continuidad del frío. Cuando a esa imagen desoladora se le suma el conocimiento de que Allakariallak murió al poco tiempo, la secuencia se vuelve todavía más trágica. Me doy cuenta de que no estaba viendo una aventura exótica, sino la crónica en tiempo real de una lucha condenada contra la muerte. Y eso quita cualquier adorno poético para dejar solo una verdad amarga: la de una tragedia humana que da una profunda pena.
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