Hay varias formas de enfrentarse a 'Spider-Man: Brand New Day'. Una es desde el fanatismo absoluto, ese que agradece cualquier cosa que lleve el símbolo de la araña sin reparar demasiado en cómo está hecha. Otra es la postura estrictamente crítica, donde apenas hay margen para perdonar un error. Yo me sitúo en un punto intermedio. Soy devoto de Spider-Man desde que tengo uso de consciencia, aunque no haya leído un solo cómic: las películas clásicas son las que me hicieron amar el cine, y las que más veces he revisitado en mi vida. Precisamente por eso me cuesta tanto tragar lo que he visto. No esperaba una obra maestra, pero sí algo con identidad propia que justificara volver a contar lo mismo sobre un personaje que lleva años encabezando, prácticamente en solitario, el cine de superhéroes.
Se suele señalar 'Spider-Man 3' como la entrega más floja de Sam Raimi, por acumular demasiados personajes y presentar villanos que nunca alcanzaron el peso del Duende Verde o el Doctor Octopus. Aun con eso, aquella película tenía una personalidad propia, bastante oscura, que sigo adorando. Cinco años después llegó Garfield, con solo dos entregas para dejar huella. Y desde 2017 tenemos a Tom Holland, para mí el menos interesante de los tres — y esta última película confirma por qué.
El problema de fondo de este Peter es su dependencia casi constante de apoyos externos: un traje repleto de funciones, alguien más experimentado al lado, cualquier elemento que valide su inteligencia en lugar de demostrarla por sí mismo. Nunca sentí eso con Tobey Maguire, que fabricaba su propio traje aunque pidiera ayuda a un profesor para el simbionte. Andrew Garfield usaba la ciencia porque formaba parte de su personalidad y de su relación con el Lagarto: estudiaba con Connors, pero construía él mismo su traje y sus utensilios. Holland, en cambio, necesita que alguien le ceda literalmente una mesa de trabajo, y sigue apoyándose en tecnología ajena. No hay una implicación real en sus estudios; solo la necesidad de que un personaje externo —aquí, Hulk— valide de forma casi didáctica que sabe de ciencias.
Esa dependencia se extiende a la relación con los villanos, y ahí está, creo, la diferencia más profunda entre las tres eras del personaje. El Duende Verde y el Doctor Octopus tenían con Tobey una cercanía previa que encaraba las peleas hacia lo personal: no eran enemigos sin vínculo, sino figuras con influencia directa sobre Peter, lo que obligaba a que su desarrollo tuviera en cuenta la vida del protagonista. 'Spider-Man 3' fallaba en esto con Sandman y Venom, apenas conectados a Peter más allá del mínimo necesario para justificar su origen. Garfield mantenía ese vínculo con Connors —ligado a Peter, a Gwen, a sus padres, con una filosofía coherente— y, en menor medida, con Electro, que al menos representaba algo reconocible: la baja autoestima y el deseo de ser visto. Con Holland, esa relación casi no existe. No hay dilema, no hay filosofía que recordar, no hay mensaje que se sostenga. 'No Way Home' apeló a las consecuencias de ser Spider-Man para la gente cercana, pero es algo que ya sabía sin que me lo repitieran; y 'Brand New Day' insiste en el mismo sermón sobre ser diferente y sobre el peligro de tener seres queridos, sin aportar la profundidad emocional de un 'Spider-Man' de 2004 o de 'The Amazing Spider-Man 2'.
Hulk tiene una presencia sin sentido real: aparece para introducir un elemento de trama que ya habíamos visto en películas anteriores —originalidad cero— y para que Peter pueda hacer alarde de sus conocimientos de física mediante un diálogo "funcional". Es un personaje tratado literalmente como material desechable: entra, cumple su función, desaparece. La pelea compartida entre ambos tampoco ayuda: otra secuencia de escenarios destruidos y golpes violentos, sin una coreografía que aproveche la agilidad que define a Spider-Man. Echo de menos esos combates donde el movimiento del héroe pesaba tanto como el enemigo al que se enfrentaba.
Scorpion corre una suerte parecida: su única función es conectar a Spider-Man con el objetivo de la trama, sin que esa relación vaya más allá de lo básico —se presenta, se pelea, se acaba.
Con el villano principal tengo sentimientos encontrados. Su presentación despierta interés porque plantea una pregunta atractiva: ¿cómo podrá Spider-Man derrotar a alguien así? Pero esa idea no evoluciona: cuatro secuencias completas explotando el mismo poder terminan por agotarla, y toda su construcción se resuelve en el discurso de siempre sobre la aceptación propia y seguir adelante. Un personaje con posibilidades llamativas, que llega a parecer un rival imposible, reducido a un sermón y poco más. El desenlace es un desastre: no hay batalla final como cabría esperar del cine de superhéroes, solo una resolución pobre y anticlimática que me deja pensando «¿tanto para esto?».
Las coreografías tampoco escapan al problema. Si algo destacaba en 'The Amazing Spider-Man' era precisamente cómo Spider-Man bailaba alrededor del Lagarto en el instituto, aprovechando al máximo el potencial físico del personaje. Aquí hay un plano muy similar —da la sensación de estar directamente inspirado en aquel—, pero ni esa escena ni la pelea en el edificio en demolición ni el enfrentamiento callejero con Scorpion se separan de los mismos movimientos de siempre. Sé que hay un límite natural a lo que se puede innovar con este personaje, pero llevo tres películas viendo exactamente lo mismo, y Garfield demostró que sí se podía hacerlo ver distinto. El resultado son peleas genéricas, hechas de destrozos, cansancio, golpes y chistes de relleno, sin nada nuevo que ofrecer.
La trama que sostiene todo esto tampoco merece mucho análisis: el villano quiere algo por un motivo que apenas importa, y Spider-Man tiene que intervenir para poner orden. Dicen que todas las historias ya están contadas, y esta película me hace sentir el peso literal de esa frase.
El mayor defecto de 'Brand New Day' es que muy pocas escenas importan de verdad: el ochenta por ciento del metraje es plano y está reciclado, alargado sin necesidad. Esperaba que Marvel volviera a apoyarse en elementos de entregas anteriores, pero no hasta este punto de descaro. Más que un homenaje, es un revival de los mejores momentos de las ocho películas previas, porque no hay nada auténtico que ofrecer por cuenta propia. Me recuerda mucho a la última 'Matrix', otra secuela empeñada en resumir la esencia de sus predecesoras en lugar de construir una identidad nueva: cuando una saga vive demasiado de la nostalgia, se olvida de avanzar.
La estructura general, de hecho, funciona igual que la última entrega de 'Fast and Furious': literalmente una introducción extendida de la siguiente parte. Dos horas y media para contar lo de siempre, con los mismos elementos y las mismas escenas, solo para anunciar que habrá continuación.
No todo es negativo. La cinematografía tiene su qué, con colores agradables a la vista, un traje arácnido vistoso y efectos visuales a la altura del género —aunque sigo prefiriendo el deslumbre del traje de Tobey, y en menor medida el de Andrew, y echo en falta ese brillo tan bonito que se veía en el traje de Holland en las últimas imágenes de 'No Way Home'. Lo que no entiendo es cómo tienen el valor de meter un reggae de fondo en una escena de balanceo: descoloca por completo.
Zendaya aporta una personalidad contundente, bastante distinta de la MJ que conocíamos. Holland, por su parte, tiene carisma y un fuerte potencial emocional, pero aplicar los mismos aires de las películas anteriores a esta neutraliza ese punto a favor. Aun así, hay un momento —el único, prácticamente— en el que el cine entero aplaudió. Es una lástima que tanto ese instante como la presencia de Zendaya y Batalon se administren con tanta cicatería, cuando es justo lo que el público está pidiendo ver.
La sensación final es de indiferencia, y eso es lo más preocupante: significa que la película no ha calado como debería. A pesar de apuntar hacia un tono más oscuro, maduro y trágico —más cercano al Peter de 'Spider-Man 3' de Maguire que al de 'Homecoming' o 'Far From Home', algo que ni siquiera es spoiler porque ya se intuye en el tráiler—, ese sentido sombrío nunca llega a explotar del todo, y cuando lo intenta, el clímax resulta demasiado débil para sostenerlo.
La decepción es mayor de la que esperaba tener incluso desde el tráiler. Dos horas y media que podían —y debían— haberse quedado en hora y media. He visto una película que existe únicamente para preparar la siguiente parte, y salgo con las manos vacías esperando algo nuevo, refrescante, original, y encontrando solo elementos sacados de entregas anteriores, hasta planos calcados de ellas. El día de su estreno, tiene un 7,5 en FilmAffinity. Alguien tendrá que explicarme qué hay ahí que se me ha escapado. O quizá esta sea, simplemente, mi primera impresión en crudo, y dentro de dos meses piense que es lo mejor que he visto.
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!