Tristemente, Chaplin | Crítica de 'The Kid' (1921) SIN SPOILERS
01 Sep 2026 · 18 visitas

Ver a Edna Purviance erigirse como una de las figuras clave en uno de los grandes clásicos de la historia del cine genera una emoción profunda, casi física. Contemplar a esta actriz fundamental del periodo mudo participar en una obra de semejante calibre conmueve a más no poder.


Una obra que abre con un paralelismo contrapuesto de gran calado dramático. Mientras Edna encarna a una madre que abandona a su hijo —cargando con un peso simbólico similar al de Cristo con la cruz, sintiendo al niño en sus brazos como una penitencia o un pecado—, el padre, Carl Miller, arroja la fotografía de ella al fuego con total indiferencia tras haber caído por accidente en la chimenea. Ella se abandona a sí misma y al bebé por un arrebato de impotencia; él la desecha por mero interés propio.

Edna Purviance como la mujer en 'The Kid' (1921, Charles Chaplin)
Edna Purviance como la mujer en 'The Kid' (1921, Charles Chaplin)

Este abandono maternal responde al fallecimiento del primer hijo de Chaplin, Norman Spencer, fuera del rodaje. En lugar de retratar este fatídico suceso, se valía con mostrar a un niño sin madre. No de la misma forma, pero de igual dramatismo.


Chaplin era hábil para reconducir el drama maternal hacia el aparente conflicto al involucrar a una pareja de posibles delincuentes. La melancolía musical muda de tono y adquiere una gravedad amenazante cuando estos mafiosos descubren al bebé a bordo del coche que conducen. Ese peligro se desvanece casi de inmediato para retornar a la cotidianeidad con la entrada en escena del mismísimo Charlot: su andar característico, sus pies hacia fuera, el bastón y el sombrero marcando una trayectoria recta que lo conducirá, de forma inevitable, hacia un destino inesperado para él junto al recién nacido.

'The Kid' (1921, Charles Chaplin)
'The Kid' (1921, Charles Chaplin)

La premisa de un Charlot vagabundo y acompañado en la indigencia no es nueva, pues ya fueron tramas exploradas en títulos como 'The Vagabond' o 'A Dog's Life'. Sin embargo, 'The Kid' logra hablar delicadamente en un trío temático arriesgado acerca de la pobreza, el abandono y la maternidad en un equilibrio entre el drama y el humor. Chaplin hacía reír a partir de la tragedia, con un temprano clímax inicial acentuado en una partitura musical que carga emoción. Puede ser una devastadora escena ver a nuestro protagonista comprender el desamparo del niño y asumir la responsabilidad de su crianza.


Aunque Charlot no es un padre convencional, se las ingenia para ejercer como tal de manera ejemplar, forjando una de las amistades más entrañables de la historia del cine.

'The Kid' (1921, Charles Chaplin)
'The Kid' (1921, Charles Chaplin)

Una cálida amistad que da forma a una de las grandes escenas que casi me hacen romperme. Con un intercalado de plano a plano entre el agua hirviendo, la música cálida y ambos tomados de la mano oliendo la comida... sonn una y carne. No hay necesidad de articular una sola palabra. Y decir eso es rotundo tratándose de una película muda.

'The Kid' (1921, Charles Chaplin)
'The Kid' (1921, Charles Chaplin)
Charles Chaplin (el vagabundo) y Jackie Coogan (el niño) en 'The Kid' (1921, Charles Chaplin)
Charles Chaplin (el vagabundo) y Jackie Coogan (el niño) en 'The Kid' (1921, Charles Chaplin)

Más allá de las necesidades básicas, Charlot enseña al crío a cocinar, a tener coraje y a desenvolverse con valentía ante la vida. Por el contrario, se puede observar el ascenso social de la madre escenificándose, elegantemente, en un retrato de su vida a primera vista acomodada. Aunque Purviance ofrece una interpretación de lo más delicada y alegre en estos momentos, su personaje adolece de cierta falta de carisma, pues me es difícil obviar que abandonó a su hijo en el peor momento. Chaplin encadena el éxito de la madre con el camino de los protagonistas en uno de los cruces de miradas más peliagudos del cine, provocando eso que tanto me gusta cuando veo películas: un dilema moral en el que debo debatirme sobre la conveniencia o no del reencuentro.

De hecho, la culpa de mi distanciamiento con Edna puede verse implicada porque Chaplin decidió recortar algunos minutos del contenido original, con tal de no hacerla ver como un monstruo, sino como una madre desdichada. Una decisión de montaje que transforma por completo la figura, haciéndola respetar incluso más que si hubiera sido simplemente una aborrecible persona.


Sin embargo, no todo me gusta aquí. Las peleas no alcanzan el brillo o la contundencia que veo en la interacción contra Eric Campbell en 'The Floorwalker'. No obstante, me contento con la devastadora empatía emocional. Jackie Coogan como el niño es arrollador: sus risas contagian, sus peleas envalentonan y sus lágrimas me destruyen por completo. Chaplin encuentra la escala de plano precisa y el acompañamiento melódico exacto para ensalzar la desgracia de la separación forzosa, logrando un impacto moral único en el espectador. Por primera vez en su carrera, una lágrima en los ojos de Charlot. Ver al rey de la comedia derrumbarse dramáticamente es un golpe definitivo que consolida el filme como una obra maestra de la tragicomedia.

El único punto deslucido dentro del metraje lo encuentro en la secuencia onírica protagonizada por ángeles, diablos y pecados. Se me hace un paréntesis prescindible que me interrumpe la fluidez del relato. Su significado tendrá, pero no lo encuentro. Solo recupero la grandeza del contenido en los últimos minutos al regresar a la realidad con el despertar del protagonista.

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