Escribir sobre 'Obsession' exige, ante todo, un ejercicio de honestidad intelectual. Lo admito: cuando terminé la película —e incluso durante los primeros días en que estuve madurando la película— mi postura inicial era radicalmente defensiva hacia Bear. Para mí, él era la verdadera víctima de una consecuencia sobrenatural desproporcionada. Sin embargo, al leer todo el subtexto y analizar detenidamente las decisiones de puesta en escena y los diálogos de Curry Barker, me di cuenta de que la película nos --o al menos a mí-- tiende una trampa moral perfecta. Lo que en un principio parece el calvario de un "pobre chaval" es, en realidad, un análisis brillante sobre la ceguera emocional y la supresión del consentimiento.
Para entender a Bear, primero hay que alejarlo de los clichés de las redes sociales. Muchos lo pintan como un simple cobarde incapaz de hablar con la chica que le gusta, o incluso como el prototipo de íncel. Yo no lo veo así. Un íncel o un obseso destructivo habría aceptado encantado la sumisión y la toxicidad extrema de Nikki con tal de retenerla. Bear, por el contrario, rechaza activamente esa actitud cuando se descontrola; sus diálogos en la escena del restaurante nos revelan a un personaje dispuesto a sacrificarse en cuerpo y alma por un ideal romántico, no a un dominador.
En el primer acto, Bear se nos presenta simplemente como un chaval profundamente enamorado que no encuentra las herramientas para acercarse a Nikki. O más bien, no sabe si admitir su amor será buena idea por miedo a romper su amistad. Aun así, su primera opción, de hecho, es la más humana y ética: le pide ayuda a Ian para que lo introduzca y le permita confesar sus sentimientos. El problema —y el gran motor trágico de la historia— es que Ian resulta ser uno de los mayores cabrones de la historia del cine reciente, un traidor que sabotea activamente la oportunidad porque él mismo se había estado acostando con Nikki tiempo atrás.
Es este vacío, sumado a la traición de su mejor amigo, lo que empuja a Bear al desierto de la desesperación. Cuando encuentra la madera, su acción no nace de una maldad intrínseca o maquiavélica, sino de un quiebre emocional absoluto. ¿Y quién de nosotros, en un momento de soledad extrema, no ha deseado con todas sus fuerzas ser correspondido? Dentro de las convenciones de la ficción, si uno no rasca la superficie, su decisión de usar la madera parece trágica, casi comprensible. Es el equivalente al típico amigo de la vida real que comete un error grave porque está cegado por el dolor y necesita que alguien externo venga a darle un bofetón de realidad y le diga que lo está haciendo mal. No todo el mundo es consciente de la repercusión de sus malas acciones en el momento en que las ejecuta.
Sin embargo, el largometraje empieza a resquebrajar esta justificación cuando analizamos las reglas del artefacto. La madera funciona haciendo realidad el deseo teniendo como válido únicamente la intención de quien lo pide, borrando de un plumazo la subjetividad y el libre albedrío del otro. Al desear que Nikki "lo quiera por encima de todo", Bear opera bajo una manipulación de la que estoy seguro, no es consciente, porque como dije antes, quizá necesitaba que alguien le dijera que así no van las cosas. No ejerce una coacción física o verbal directa sobre ella, pero recurre a un elemento sobrenatural para que ella caiga a sus pies sin cuestionamientos. El "no" potencial de Nikki queda anulado antes de existir. Ya es el primer punto negativo, de lo que surge todo lo demás.
Esta problemática se vuelve física en una de las secuencias más incómodas y polémicas de la película: el montaje romántico que precede a la escena de sexo. Barker utiliza una narrativa visual tramposa, repleta de planos de pareja bonitos, risas y complicidad. Al ver esa escena, es fácil ponerse de parte de Bear y considerarlo inocente; después de todo, Nikki participa activamente y no dice que no. En su mente, Bear no está cometiendo ningún crimen porque percibe un consentimiento que la puesta en escena dulcifica.
Pero el subtexto nos obliga a mirar el plano de la búsqueda en el portátil sobre la madera que vino antes. En ese instante caigo en la realidad: ese deseo no es legítimo, es un simulacro generado por la magia oscura. Si Bear no hubiera roto la madera, quien estaría en esa cama muy probablemente sería Ian, o cualquier otra persona que ella hubiese elegido libremente. Manda cojones que, en su búsqueda de un amor auténtico, Bear necesite alterar la realidad con una mentira para obtener una existencia de cartón piedra basada en el engaño.
La prueba irrefutable de que Nikki ha sido despojada de su identidad la encontramos en sus desgarradores momentos de lucidez. Hay una secuencia bisagra, previa al sexo, donde ambos están besándose en la cama. En mitad del acto, la Nikki real "despierta", corta el beso visiblemente desorientada, se asusta y se pregunta qué cojones está pasando, para inmediatamente después pedirle perdón a Bear. Bear se asusta y reacciona de forma natural: "Pensé que no te gustaba".
Aquí la dualidad de la interpretación de Inde Navarrette es asombrosa; es por lo que alaban tanto a la actriz, y no es para menos. Justo después del susto, Nikki se justifica diciendo que ha sido solo un "ataque de pánico". Mi lectura de este instante ha cambiado por completo: no creo que sea la Nikki verdadera la que inventa esa excusa. Si hubiese sido ella en control de sus facultades, no se habría justificado ante él; habría huido o habría verbalizado que no entendía por qué lo estaba besando. Es la entidad o la maldición de la madera la que toma los mandos de su cuerpo inmediatamente para remendar el error y mantener el engaño, usando el ataque de pánico como tapadera.
Recordemos que al principio de la película, cuando Bear le pregunta si se encuentra bien, podemos llegar a creer en su inocencia e ignorancia. Sin embargo, Barker introduce un plano detalle donde Bear mira fijamente a la madera y, como dije antes, realiza una búsqueda desesperada en Google justo después de esa escena del beso. Es ahí donde Bear se da cuenta de que la conducta de Nikki está directamente ligada al amuleto. No obstante, él prefiere autoengañarse: decide creer que la madera es la causante de esos "ataques de pánico" aislados de Nikki, y no de su enamoramiento. Acepta que la Nikki poseída es su nueva realidad y prefiere ignorar que los momentos de lucidez son los gritos de auxilio de una mente secuestrada. Aquí me doy cuenta de que, aunque no me convenciese del todo la dirección de Barker en un principio, ahora analizando todo esto me doy cuenta de que es un puto genio del lenguaje cinematográfico. Eso, teniendo en cuenta que tampoco hace demasiados alardes, porque es una aplicación convencional del lenguaje.
Cuando la trama avanza hacia el terreno del thriller psicológico, la actitud de Nikki se vuelve asfixiante, controladora y abusiva. Es innegable que el sufrimiento físico y psicológico que Bear experimenta en la segunda mitad de la película es brutal y completamente desproporcionado para un chaval que solo quería ser amado. La toxicidad de ella es una dramatización exagerada y retorcida de la frase "quiero que me quiera por encima de todo", la cual en nuestro lenguaje cotidiano no es más que una hipérbole romántica, pero que la madera ejecuta de forma literal y monstruosa.
Ahora bien, ¿por qué quiere Bear revertir la situación? Aquí es donde mi defensa inicial hacia el personaje se desmorona por completo. Bear no busca destruir el hechizo por empatía hacia Nikki, ni porque le duela verla sufrir en sus momentos de cordura. Lo hace porque la negatividad del deseo le está afectando directamente a él. Quiere bajarse del barco porque la situación se ha vuelto peligrosa, incómoda e insoportable dentro de sus propias cuatro paredes. Su arrepentimiento es sintomático y puramente egoísta.
Esto queda firmemente demostrado en la confrontación con Ian. En lugar de asumir su responsabilidad moral, Bear externaliza la culpa y grita: “¡It’s god fucking magic!”. Culpa al elemento sobrenatural, como si él no hubiera apretado el gatillo: “I made a wish and it's fucking horrible”, dice. Sus palabras lo traicionan; se queja de la calidad del deseo, no del acto de haber anulado a un ser humano.
El colmo de su degradación ocurre cuando, desesperado por librarse de la maldición, le ofrece a Ian la posibilidad de quedarse con Nikki. Ya no le importa que Ian lo hubiera traicionado en el pasado acostándose con ella; está dispuesto a mercantilizarla y traspasarla como si fuera un objeto defectuoso. Y el clavo final en su ataúd es el consejo que le da a su amigo: “...and then just be careful about how you word it...”. Es una frase rotunda. Para él, su único error fue una cuestión de redacción.
Esta desconexión absoluta entre lo que Bear quiere y lo que la maldición dicta culmina en la escalofriante escena donde Nikki se autolesiona, reventándose la cara a golpes mientras se pregunta por qué Bear ya no la ama. Ella está atrapada en un bucle lógico perverso: la magia la obliga a adorarlo, pero él se aparta porque no soporta su obsesión. Como no entiende este rechazo, Nikki asume que la culpa es de ella misma, replicando de forma macabra los malentendidos y las dinámicas autodestructivas de las parejas reales donde la comunicación está rota.
Esto nos conduce a un clímax que se presta a múltiples interpretaciones, pero cuya resolución visual me parece inapelable. Bear, acorralado y desprovisto de toda heroicidad, intenta suicidarse con una sobredosis de pastillas para escapar del control de Nikki. La película nos muestra que intenta arrepentirse y vomitarlas para seguir luchando --supongo--, pero el desenlace toma un rumbo distinto.
Según yo, el final, que está estructurado mediante un tenso juego de plano contra plano donde ambos se sonríen mutuamente, escenifica la rendición de Bear, una aceptación trágica de que debe convivir con su monstruo en una felicidad simulada. Sin embargo, Barker ejecuta un travelling hacia abajo que nos revela la madera rota en la mesa. Esa pista visual cambia las reglas del juego: si la madera está rota, es porque se ha pedido un último deseo, y ese deseo pertenece a Nikki.
Nikki encontraría la madera que Bear había conseguido para salvarse y lo utilizó en su propio beneficio. La razón por la que Bear no logra vomitar las pastillas y acaba muriendo sobre ella no es un fallo biológico; es porque Nikki deseó su muerte. Su sonrisa en el plano contra plano no es de complicidad romántica, sino la satisfacción fría de la víctima que sabe que su opresor está a punto de caer. Cuando Bear muere y ella lo empuja al suelo, su reacción mezcla el pánico visceral de la situación con el alivio de haber manipulado el sistema de su captor. Desear que Bear muriera era la única vía matemática y existencial para liberarse de él y, consecuentemente, romper la maldición que la esclavizaba.
Al final, el triunfo de 'Obsession' radica en su capacidad para incomodar al espectador y obligarnos a revisar nuestros propios juicios. Existe una ironía tremenda y muy cínica en la recepción de la película por parte del público actual. En las redes sociales, la gente destruye y cancela el personaje de Bear por su falta de ética, tachándolo de monstruo desde el primer minuto. Sin embargo, esas mismas plataformas de las que forman parte (TikTok sobre todo) están inundadas a diario de tutoriales de amarres de amor, endulzamientos y consejos psicológicos para "manifestar" y doblar la voluntad de un ex o de la persona que gusta uno sin su consentimiento.
La película funciona como un espejo de esa cultura moderna que normaliza la manipulación afectiva bajo la etiqueta del "romanticismo desinteresado". Bear pagó un precio físico y psicológico atroz, de eso no hay duda, pero fue el precio de construir un idilio sobre la anulación del otro. 'Obsession' nos recuerda de la forma más trágica posible que el amor real no se puede programar, forzar ni desear unilateralmente; y que cuando intentas adueñarte de la libertad de alguien, el monstruo que terminas creando tarde o temprano se volverá para destruirte.
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