Nos situamos en el 23 de febrero de 1907, cuando el cine aún acaba de nacer y está formándose como un lenguaje en sí mismo. No sólo en temática, sino en efectos. Georges Méliès es el primero en caminar sobre las aguas del cine de terror con ‘La mansión del Diablo’ (<<’Le Manoir du Diable’>>), estrenada en 1896. Desde entonces, son casi infinitas las películas que se estrenan durante esos años imitando esos elementos fantasmagóricos, objetos desaparecidos, escenarios oscuros y, en general, el ambiente gótico.
Es el propio Méliès que trata de producir numerosas obras del género, pero que con el tiempo, la originalidad se desvanece y decae poco a poco. Por eso, era necesario que alguien viniera y retomara esa fuerza y ese impacto con el que Méliès triunfaría tanto en su momento. Se necesitaba de una película con nuevos efectos, una nueva trama, una nueva forma de jugar con el escenario, con el espacio, con los elementos… no necesariamente tenía que ser algo completamente nuevo, es decir, podía reutilizarse los mismos componentes del terror que existían de antes, pero sí que hacía falta una nueva forma de jugar. Nuevas reglas, por así decirlo.
Segundo de Chomón y J. Stuart Blackton no son mis directores predilectos del cine temprano. Es más, ni siquiera recuerdo películas suyas memorables mientras escribo esto, cosa que no me ocurre con Méliès, quien para mí es el mejor director de los principios del cine.
Ambos directores, uno español y otro británico-americano, demostraron que el problema lo tenía el francés, porque no era capaz de superarse a sí mismo en cuanto a cinematografía se refiere, porque si por algo se reconocía el talento de Méliès, era por su ingeniosa forma de llevar a cabo esas espectaculares puestas en escena. Y no lo digo situándome en 1900, sino con los ojos contemporáneos del siglo XXI.
‘The Bewitched House’ (‘La Maison ensorcelée’ en francés) y ‘The Haunted House’, ambas películas de 1907, son un precedente de la magnificencia que podía suponer uno de los géneros más grandes de todo el cine, el terror. Un género que podía ofrecer mucho sin demasiadas grandilocuencias técnicas. Solo era necesario realmente impactar con un elemento pequeño para enmarcar toda una obra. Ni siquiera era importante una trama excesivamente desarrollada porque lo que se esperaba ver eran efectos imponentes como posesiones, desapariciones, etc. Claro que son características visuales, sobre todo, que en su momento incluso ya estaban quemadas, porque cualquier película las tenía. Pero por eso era tan necesaria la participación de Chomón y Blackton, porque fueron capaces de “reinventar” el género de manera muy sencilla, si se ve ahora.
Las dos películas tratan de lo mismo. Tanto es así que Blackton presentó primero su versión, ‘The Haunted House’. Segundo de Chomón fue encargado por parte de Pathé, la productora principal del momento, a recrear su propia versión del éxito de Blackton. Es decir, que hiciera su remake, como se diría a día de hoy. Incluso en el siglo XX ya se demandaba de los remakes por el éxito de las originales, cosa que no estaba mal vista, pero el público se cansaba de siempre lo mismo, por eso el cine sufrió de una crisis general incluso ya en esos primeros años.
Eso añade todavía más dificultad y mérito por ambas partes a estos dos cineastas. Porque visto así, tenían todas las papeletas para tener un fracaso, antes de presentar las películas. Pero ocurrió todo lo contrario.
Las dos películas compartían sinopsis: un viajero arrienda una habitación en un hotel en el bosque. El propietario se marcha al encargarse de la estancia del viajero, y comienza a ocurrir en ese momento fenómenos paranormales que atormentan al hombre que desea dormir.
La única diferencia en la trama de ambas pelis es que en una es un viajero, y en otra, es un grupo de personas.
La gracia aquí no es tanto la historia, porque es una premisa narrativa tan quemada que no sorprende para nada. Sino la forma de presentar esas historias en la gran pantalla, sobre todo, esos fenómenos paranormales.
‘The Haunted House’ comienza de una forma que se podría considerar algo cutre. El primer plano o toma es un encuadre general de una casa, por la que por encima sobrevuela una bruja. La casa en un principio está completamente quieta, pero tanto la puerta como las ventanas comienzan a dar vueltas sobre sí mismas. Es una forma de decir que van a pasar cosas muy exageradas y vistosas. Y visto así, son efectos bastante cutres en comparación a lo que se viene. Es más, al ver por primera vez esas imágenes pienso: “por dios, qué mala pinta tiene esto”. Pero me equivoqué por completo.
El encuadre general sigue siendo el que manda, pero ahora nos encontramos en el interior de la casa, donde el viajero ya se está instalando. Aquí ya comienza lo serio: objetos moviéndose. Esto no es nada, porque son simplemente animaciones básicas ya para la época, pero tienen ese toque sutil de comedia propio de Méliès que se basa en la poca importancia que dan los personajes ante tales fenómenos. Cualquier ve un objeto inanimado moverse solo y se asusta. En el cine de Méliès, y en general en el resto, pero sobre todo en el del francés, estos personajes deciden sobreponerse ante los fantasmas y luchar contra ellos colocando de nuevo esos objetos en su posición original. Lo que me gusta aquí es la naturalidad con el que los movimientos de estos objetos se ejecutan. Son suaves y naturales, para nada se sienten que son falsos.
El montaje cinematográfico con la intercalación de los encuadres en los planos ya es algo visto anteriormente, y aquí se saca un buen partido. Cuando el viajero se dispone a comer, el plano pasa de general a detalle. Ya no estamos observando al viajero como protagonista, sino a su comida, que es la siguiente en sufrir consecuencias. Estas consecuencias son el stop motion. Un stop motion sorprendentemente bien logrado. Y se trata simplemente de la preparación de su cena. Ni siquiera hay pretensión de miedo o susto. Parece que el fantasma no quiere cargarse a su víctima o asustarlo como tal, sino darle buen cobijo preparando su comida.
De un momento a otro, el fantasma parece convertirse en una diminuta persona del tamaño de un jarrón de leche. Aun así, esa persona pequeña sale del jarrón de leche, lo que significa que no podría estar fuera moviendo el cuchillo y el pan. Eso a su vez implica que es un juego entre fantasma y esa persona, ¿no? Así lo interpreto yo. De todas formas, no sería la primera vez que se presenta “físicamente” así al fantasma en el cine. Desde antes ya se aplicaba la de acompañarlo cuando es el Diablo de sus secuaces, así que no es algo que me sorprenda, pero sí que me confunde.
Eso no es lo mejor. Lo mejor está cuando ese plano detalle levemente picado de la comida sufre de un paneo horizontal hasta enfocar al viajero. Eso es un wow para la época, incluso me doy más cuenta ahora del impacto. Y si no era suficiente, mientras nuestro protagonista comparte plano con la cena, la diminuta persona vuelve a hacer acto de presencia, así es atrapado por el protagonista que, al cogerlo, se convierte en un pañuelo. Un pañuelo que cobra vida y comienza a moverse por el espacio.
Aquí vuelve a jugarse espléndidamente bien al montaje, porque cuando el pañuelo sale del plano, se exige que el encuadre se abra y permita observar el resto de la habitación de nuevo con un plano general. Es lo que ocurre.
Se desarrolla un enfrentamiento entre nuestro protagonista y el pañuelo que, de un momento a otro, se hace más grande. Acaba atrapándolo y lo coloca sobre la cama para usarlo como pantalla para taparse y cambiarse de ropa.
Eso no es todo, porque las ocurrencias siguen sucediendo. Aparece un ser, una persona, supongo que es, o una entidad. Sinceramente, me pregunto realmente qué es, si el Diablo en persona, un secuaz, un fantasma… no lo sé. La cosa es que la cama también decide moverse, lo que asusta al viajero con su pijama puesto que estaba dispuesto a dormir incluso con todos estos fenómenos paranormales. Cosa que casi consigue hacer cuando se acuesta en la cama por fin inmóvil. Pero por supuesto no puede quedarse así la cosa.
El efecto de yuxtaposición es uno de los más usados en el cine desde siempre, cosa que Méliès siempre aplicaba en sus películas y que ahora, Blackton, es el que da un uso perfecto. Conforma un ritual de distintas entidades encapuchadas traslúcidas formando un coro alrededor de la cama. Es un plano con el que me quedo el día que haga una lista de mis planos favoritos del cine. Esa transparencia conseguida consigue aportar ese toque fantasmagórico que hace del plano, una gran fotografía.
Después de este insoportable coro, viene lo que impactaría de esta película. El movimiento de cámara que provoca la inclinación del escenario y consigo, el arrastre de un lado para otro de los objetos del espacio y del protagonista. Si ya me impresiona a mí viéndolo en 2026, ¿cómo se lo tomarían los espectadores de 1907? Algo completamente revolucionario.
Si alguno tan curioso como yo se pregunta cómo lo lograron, fue con la combinación de una cámara balanceándose, como era de suponer, y unos muebles con cables trampa. Estos impresionantes efectos especiales irían un paso más allá con Segundo de Chomón, pero de él hablaré más tarde.
Por si eso no fuera poco, cuando todo parece que se estabiliza, viene el caos. El balanceo de cámara que antes era “tranquilo”, ahora se vuelve exageradamente rápido. Es un plano basado en el caos visual, perfecto para volver loco tanto al protagonista como al espectador. Cuando sí que sí se tranquila el plano, el escenario desaparece y aparece en su lugar, una criatura gigante y monstruosa, que era también lo que yo quería ver desde el principio. Una criatura especialmente diseñada para dar miedo, que podría perfectamente ser una versión fantasmal del protagonista, porque se me dan un aire de cara. Pero este monstruo acaba arrancando de la cama al viajero, haciéndolo desaparecer en las profundidades del escenario.
Un posible final abierto que no deja en claro si acabó muriendo, desapareciendo simplemente o, si tendría la mínima posibilidad de sobrevivir a ese ataque. En cualquier caso, es la parte final de la gran película de Blackton. Un terror paranormal casi perfecto y brillante. Al terminar de verla, aplaudí.
Ahora, toca hablar de Segundo de Chomón con su ‘La Maison ensorcelée’, que en inglés sería ‘The Bewitched House’. Este “remake” tiene al menos dos versiones, una en blanco y negro, y otra a color. Curiosamente, a color también hay otras dos versiones. Una es moderna, como suele ser en estos casos, y la otra, para mi sorpresa incluso, coloreada originalmente por Pathé en su época. Con la técnica del estarcido, recortando con bisturí los fotogramas para luego, pintar a mano y tener plantillas de estarcido. Pathécolor fue la patente de la productora para apropiarse de esa técnica.
Dicho eso, la estructura es distinta, puesto que el primer plano también es de ingeniosa fotografía. El grupo de personas que se dirigen a la estancia para dormitar se encuentra en un camino de tierra rodeado por un lago que refleja el paisaje y, a su vez, la lluvia coloca al espectador ya en una posición incómoda. Segundo de Chomón nos advierte, porque la noche no será tranquila.
El resto de planos son prácticamente iguales a la versión del británico-americano, partiendo cómo no, de la casa del principio, con incluso parece tener las mismas características: la bruja volando, los árboles alrededor y lo que yo esperaba, las ventanas y puerta moviéndose. Pero esto último es distinto, porque las ventanas y la puerta se intercambia por la transformación directa de la casa. Pasa de ser una fachada normal y corriente a ser una cara de ojos locamente moviéndose. ‘Monster House’ es la película que se me viene a la cabeza al pensar en esas imágenes.
Cuando el grupo entra en la casa, la distribución interior es distinta, pero la animación de los objetos vuelve a estar. Ahora, sí que parecen consternados los viajantes, que intenta atrapar la maleta sin éxito. Por si fuera poco, aparece tempranamente la misma criatura que arrastró al protagonista de Blackton al final hacia el abismo.
Como si no hubiera pasado nada, los viajeros se instalan en la habitación quitándose los abrigos al desaparecer esa criatura. Intentan sentarse en unas sillas para ponerse cómodos, pero como era de esperar, desaparecen y caen al suelo de culo. Acto seguido, los ropajes que antes se quitaron, ahora tienen vida propia y van flotando por el espacio, cosa que sorprende lo bien conseguido que se ve.
En la versión original, la pelea era entre el protagonista y el pañuelo, que antes era una persona diminuta. Aquí es directamente un fantasma que acaba siendo atrapado. Desde que entran en la estancia hasta que se dirigen a la mesa para comer, el plano es siempre abierto y general, cosa que no sorprende para nada porque el noventa por ciento del cine del momento era así. Pero Segundo de Chomón no podía no realizar ese plano detalle para enfocar la comida. Es más, tampoco podía quedarse con las “básicas” narrativas de Blackton con la preparación de la comida. Así que ahora desarrolla mucho más esa preparación alimenticia, jugando con más objetos y, cómo no, con la intercalación de planos entre el detalle de la comida y el conjunto en ¾ (casi) del grupo. El stop motion aquí vuelve a ser suave, logrado y realista. Es lo que más me sorprende de la peli, lo bien que se ven las animaciones.
Cuando el plano vuelve a ser general porque la mesa desaparece, deciden dormir, pero claro, eso aquí no se puede. Vuelve a aplicarse la de la habitación inclinada. Que ojo, sigue siendo sorprendente, pero ya no impacta tanto verlo después de la sorpresa de Blackton. Y menos cuando ya he visto un par de veces cada película para deleitarme de lo magníficas que son.
Algo que sí que no me gusta aquí es el reemplazo en la puesta en escena del rito. Cuando Blackton me sorprende con esos casi transparente entes formando un coro alrededor de la cama, aquí Segundo de Chomón me deja un poco con la boca seca con esos fuegos volantes que aterrorizan a nuestros personajes. No es que sea mal plano, pero si la idea era asustar, no lo logra, porque se siente como retroceder en la originalidad narrativa y restar impacto.
El balanceo extremo final vuelve, y consigo, de nuevo la desaparición del escenario para dar paso a la presencia de la monstruosa criatura perfectamente caracterizada, que supongo sería aquí lo más asustadizo que había en esta versión. El final vuelve a ser lo mismo, sin cambio alguno casi, menos por un plano final de los tres personajes humanos mirando hacia arriba en lo que se ve que es, un escenario lleno de vegetación. Que nadie me pregunte qué significa porque no logro descifrar qué quiere decir. No comprendo la cohesión de escenario, pero supongo que no es un final agradable para ellos.
Visto y analizado ambas películas, así en texto no parecen gran cosa. ¿Objetos moviéndose solos? ¿Desapariciones? ¿Criaturas monstruosas? Son cosas que ya se han visto de antes, pero no con tal ambición. Y menos cuando se trata de literalmente, mover todo el espacio.
Pensándolo fríamente, la versión de Segundo de Chomón no logra gustarme del todo ahora que la vuelvo a ver para el análisis, pero Blackton sí que me gusta todavía más. En cualquier caso, ambas obras son impactantes para la época y no solo por lo que se ve en ellas, sino también por las técnicas que suponen para la época, que es todo un avance en el cine, que sientan todo un precedente.
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