La condena del control | Análisis de 'Tabú' (1931) CON SPOILERS
19 Aug 2026 · 23 visitas

La elección de Reri se siente como cuando un profesor anuncia algo en clase que a nadie le gusta y todos saben que van a pasarlo canutas con las nuevas reglas. La impotencia es muy física, como si les pegaran con cadenas en la espalda y no pudieran hacer nada para evitarlo. Hasta a mí me fastidia, y eso que todavía no conozco realmente a Reri ni a Matahi. Sin embargo, lo que la ley propone para «proteger» la virginidad de la chica sagrada se me hace especialmente interesante, porque plantea un conflicto en el que chocan intereses, ideologías y sentimientos. También el honor y el respeto de toda una comunidad. La cuestión deja de ser simplemente si dos personas pueden estar juntas y pasa a convertirse en un enfrentamiento entre el deseo individual y las normas que sostienen a una sociedad entera.


Por eso me pregunto cómo gestionará Matahi la noticia cuando descubra que no puede acercarse a Reri, la chica que quiere. Lo interesante es que el conflicto no depende únicamente del miedo que el relato introduce mediante las amenazas y las advertencias. Murnau prepara visualmente el terreno para que entendamos que los obstáculos ya están ahí antes incluso de que los protagonistas puedan enfrentarse a ellos. El encuadre participa en esa sensación de opresión: Reri aparece prácticamente puesta entre las cuerdas, encerrada dentro de su propia tribu, rodeada por las personas y las normas que deciden su futuro.

'Tabú' (1931, F.W. Murnau)
'Tabú' (1931, F.W. Murnau)

Mientras tanto, Matahi todavía está en el agua, todavía en camino, todavía ajeno a la devastadora noticia que le espera. Hay una distancia física entre ambos que funciona también como distancia narrativa: ella ya está atrapada y él todavía no sabe que está entrando en una situación de la que será muy difícil escapar.

Matahi en 'Tabú' (1931, F.W. Murnau)
Matahi en 'Tabú' (1931, F.W. Murnau)

Cuando se advierte a Reri de la sacralidad que representa y de su muerte inminente si decide rebelarse, me entran unas ganas enormes de ponerme en contra de todos y de todo. ¿Cómo se supone que debo aceptar que una persona tenga que entregar el control de su propia vida en nombre de una tradición? ¿Dónde queda la libertad? Lo más perverso es que, en apariencia, podría presentarse como algo «bonito»: la mujer es elevada a una posición sagrada, protegida del deseo masculino y convertida en una figura de enorme importancia dentro de su comunidad. Pero esa supuesta protección es más bien una condena. Reri no es libre porque sea sagrada; precisamente porque es sagrada, deja de pertenecerse a sí misma. Su cuerpo, su sexualidad y sus decisiones pasan a estar sometidos a una comunidad que afirma protegerla mientras le arrebata la posibilidad de decidir sobre su propia vida.


No se trata simplemente de enfrentar una sociedad «atrasada» contra una visión moderna de la libertad. Sería demasiado fácil leerlo de esa manera. La tradición tiene una lógica interna y la tribu actúa de acuerdo con unas creencias que considera fundamentales. Lo verdaderamente perturbador e incómodo es comprobar hasta qué punto una sociedad puede convertir esas creencias en una justificación suficiente para controlar la existencia de una persona. La película no necesita decirnos constantemente que aquello es injusto: basta con mostrarnos las consecuencias que tiene para Reri y para Matahi. El horror aparece cuando comprendemos que, para quienes aplican la norma, su sufrimiento puede ser perfectamente compatible con la idea de estar haciendo lo correcto.


A diferencia de otros documentales o películas que puedo terminar viendo con cierta distancia, esta historia puede dejarme hecho mierda, puede demolerme por dentro. ¿Por qué? Creo que la diferencia está en aquello que hace que todo empiece a resquebrajarse: el amor. El principal motor del conflicto no es solamente la supervivencia, ni el poder, ni siquiera la libertad entendida de manera abstracta. Es el amor. Y el amor es el motor del mundo para una enorme mayoría de personas. Es aquello que mueve el corazón, que hace que alguien esté dispuesto a enfrentarse a los demás y a arriesgarlo todo. Tener un problema en el amor puede significar para algunas personas la destrucción absoluta de su mundo. Yo no considero que llegue necesariamente a tanto, pero sí entiendo la fuerza con la que la película utiliza el amor para representar una injusticia. Cuando una sociedad impide que dos personas que se quieren puedan estar juntas, la violencia de esa prohibición se vuelve mucho más fácil de sentir.


Por eso también me parece interesante la manera en que la película construye sus rituales y celebraciones. Podría caer fácilmente en la mirada de quien observa estas civilizaciones desde fuera y piensa que «festejan todo», que bailan por cualquier motivo y que viven dentro de una cultura completamente alejada de la nuestra. Pero sería hipócrita criticar esas prácticas desde una supuesta posición modernista, porque nosotros hacemos exactamente lo mismo, aunque nuestras formas sean diferentes. Yo vivo en una sociedad que mantiene un culto hacia un ente divino cuya existencia no puede demostrarse mediante pruebas claras, sino mediante una fuerte fe; cantamos, construimos estructuras llamadas iglesias, participamos en cultos y ritos como el Padre Nuestro y seguimos tradiciones cuyo origen o significado muchas veces ni siquiera nos cuestionamos. Incluso comemos doce uvas al terminar el año para dar la bienvenida al siguiente. La diferencia está, en buena medida, en que estamos acostumbrados a nuestras propias costumbres hasta el punto de considerarlas normales.

'Tabú' (1931, F.W. Murnau)
'Tabú' (1931, F.W. Murnau)

Sería muy fácil colocarnos por encima de esas tribus porque sus rituales nos resultan extraños, pero la distancia cultural no significa necesariamente que seamos tan diferentes. Mucha gente se negaría a colocarse en el mismo escalón que esas sociedades alejadas de nosotros porque asociamos la modernidad con una especie de superioridad cultural. Sin embargo, seguimos construyendo comunidades alrededor de símbolos, creencias, celebraciones y rituales. Seguimos heredando costumbres y seguimos concediéndoles valor porque forman parte de nuestra identidad colectiva. Lo que cambia es la forma. Por eso creo que la película resulta más interesante cuando no la utilizo simplemente para mirar a «los otros», sino para reconocer algo de nosotros mismos en ellos. La distancia geográfica no elimina necesariamente las semejanzas humanas.


Esa idea también aparece en la música. Hugo Riesenfeld y magnífica contribución a los mandos de Murnau. Gracias al juego del montaje mediante el efecto Kuleshov, la música constante mezcla la sensación de felicidad de haberse desencadenado de una cultura que convierte el amor puro en una tragedia, con la amenaza permanente de que esa libertad pueda terminar de golpe. No expresa únicamente liberación, sino peligro inminente al mismo tiempo. Une también la civilización moderna con el peligro que supone que la tribu siga persiguiendo a los dos protagonistas. La música contiene simultáneamente dos movimientos: por un lado, la felicidad de estar juntos; por otro, la certeza de que algo terrible puede aparecer detrás de ellos en cualquier momento.


Me gusta especialmente cómo Murnau utiliza esa música para tirar de distintos hilos y construir una misma tensión. Se adapta a aquello que quiere contar: los tambores acompañan las danzas y las celebraciones de la comunidad; los instrumentos de cuerda pueden agudizar la sensación de peligro y dramatizar aquello que está por llegar; y, en otros momentos, aparece algo más neutro que parece unir ambas sociedades. Esa neutralidad me parece importante porque evita establecer una separación absoluta entre «ellos» y «nosotros». La música puede pertenecer al mundo de la tribu, al de los protagonistas o al del espectador, y por eso funciona como un puente. Al final, lo que ocurre delante de nosotros no pertenece exclusivamente a una cultura concreta: pertenece a la experiencia humana de querer algo y descubrir que una fuerza externa pretende impedirlo. Esto visto desde el apartado técnico, por supuesto. Dentro de la historia, estos dos no saben lo que se les viene encima.


Entonces aparece esa frase:

“I have been so happy with you far more than I deserved. The love you have given me I will keep to the last beat of my heart.”

Reri y Matahi en 'Tabú' (1931, F.W. Murnau)
Reri y Matahi en 'Tabú' (1931, F.W. Murnau)

Duele como un disparo al corazón. Porque después de todo lo que la película ha construido alrededor de la tradición, la religión, el miedo y la persecución, de repente todo termina concentrándose en algo extremadamente sencillo: dos personas que se quieren y que saben que quizá no puedan seguir juntas. La frase impacta con fuerza porque no habla de grandes ideas. Habla de conservar el amor hasta el último latido. Después de haber convertido el conflicto en algo social y colectivo, Murnau lo devuelve a la escala más íntima posible: una persona frente a otra, intentando conservar aquello que ha sentido aunque todo lo demás se lo esté arrebatando.


Y entonces está el Tabú. El hijo de puta que hace lo que sea por fastidiarlos. Es un personaje tan despreciable que, si dependiera de mí el castigo por lo que hace a la pareja, probablemente terminaría pensando en algo similar a lo que le ocurre a la protagonista de 'Martyrs' (de mis películas favoritas, por cierto). Es satisfactorio que una película consiga hacerme odiar a un personaje de esta manera. No porque quiera simplemente que sea «malo», sino porque consigue que su mera existencia se convierta en una amenaza real para aquello que emocionalmente ya he empezado a defender. Después de haber visto cómo la tradición, la religión y las normas sociales han intentado destruir la relación entre Reri y Matahi, la aparición de Tabú hace que el conflicto adquiera una dimensión todavía más personal.

'Tabú' (1931, F.W. Murnau)
'Tabú' (1931, F.W. Murnau)

Y el final es asquerosamente desagradable porque no ofrece la comodidad de una victoria sencilla. La película ha conseguido llevarme hasta un punto en el que ya no estoy observando el conflicto desde fuera: estoy emocionalmente implicado en él. Por eso la violencia que siento al terminar no es solamente rabia contra el Tabú. Es rabia contra todo el mecanismo que ha llevado hasta allí, contra una estructura capaz de convertir algo tan puro como el amor en una tragedia. No recuerdo películas que consiguan provocarme una violencia interna semejante y, al mismo tiempo, hacer que disfrute de esa provocación. Me gusta que una película consiga que odie a sus personajes. Me gusta cuando consigue que una injusticia me afecte hasta el punto de que deje de verla como un simple acontecimiento narrativo.


'Tabú' me resulta tan demoledora porque no necesita convencerme de que el amor es lo más importante del mundo ni decirme que la tradición es necesariamente malvada. Lo que hace es poner ambas cosas frente a frente y dejar que el choque produzca las consecuencias. Una comunidad cree estar protegiendo aquello que considera sagrado; una pareja solo quiere vivir su amor; una serie de normas convierte ese deseo en una amenaza; y, finalmente, todos terminan pagando el precio de una estructura que parece mucho más grande que cualquiera de ellos. Lo verdaderamente cruel es que Reri y Matahi no tienen que enfrentarse únicamente a una persona. Tienen que enfrentarse a una sociedad entera, a sus creencias, a sus rituales y a una idea del honor que pesa más que la libertad individual.


Lo que me queda es la sensación de que quizá no estemos tan lejos de ellos como nos gustaría pensar. Nosotros también construimos nuestras propias reglas, nuestros propios rituales y nuestras propias formas de decidir qué es sagrado, qué es correcto y qué debe respetarse. También somos capaces de sacrificar la libertad individual en nombre de algo que consideramos superior. La diferencia es que, cuando las costumbres son las nuestras, dejamos de percibirlas como extrañas. 'Tabú' consigue que esa distancia se vuelva incómoda: primero miro a la tribu y pienso que no puedo entender cómo pueden imponer semejante condena a dos personas que se aman; después miro mi propia sociedad y recuerdo que nosotros también hemos construido nuestras vidas alrededor de creencias que muchas veces aceptamos simplemente porque las heredamos.

Reri y Matahi en 'Tabú' (1931, F.W. Murnau)
Reri y Matahi en 'Tabú' (1931, F.W. Murnau)

Termino cabreado, porque consigue que el conflicto entre tradición y libertad deje de ser una discusión abstracta y se convierta en algo que puedo sentir físicamente. Consigue que la persecución duela, que la música pese, que el encuadre parezca una prisión y que una frase sobre conservar un amor hasta el último latido se sienta como un golpe. Y consigue algo todavía más difícil: que termine odiando a Tabú, sintiendo impotencia ante la tribu y, al mismo tiempo, cuestionando la comodidad desde la que podría haber juzgado a esa sociedad como si nosotros fuéramos completamente distintos. Al final, la tragedia de Reri y Matahi no pertenece únicamente a ellos, sino al resto del mundo.

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