La supuesta moralidad de Dios | Crítica y análisis de 'Los Diez Mandamientos' CON SEMISPOILERS (1923/1956)
18 Jul 2026 · 5 visitas

Como amante del cine siempre tengo en cuenta un factor esencialmente importante en las películas. Tanto o más que la propia historia que se cuenta. Me refiero al cómo. Porque a veces, una historia buena mal contada, es una historia que se acaba tirando a la basura. Me parece preciso destacar esto porque yo me considero una persona agnóstica, es decir, no tengo pruebas de que Dios existe, pero tampoco puedo demostrar que no existe. Así que, como espectador, me podría resultar difícil ver una película de ámbito cristiano o religioso. O algo más complicado aún, que me guste.


'Los Diez Mandamientos', sobre todo la original (1923), es una de las películas que más he disfrutado y más me han interesado por la religión. El simple hecho de que me anime a hablar de esta forma de esa película, es mucho mérito. Un mérito logrado por el cómo se cuentan las cosas y cómo se presentan. Aunque por diferencias que comentaré a lo largo de la crítica, su versión posterior, realizada en 1956 y dirigida por el mismo director --Cecil B. DeMille-, me gusta bastante menos a pesar de ser la mejor calificada de las dos.


Cuando una película cuenta con un nivel de ejecución exquisito, la historia mejora correlativamente, pero en ambas versiones, la historia me pesa tanto que se convierte en un terreno difícil de caminar aun cuando la cinematografía es espléndida. Peca de tener esos fallos que no deben tomarse como errores objetivos, sino como incumplimientos de unas expectativas esperadas por mí, por el espectador. El formato, por ejemplo, ya sea muda o en 4:3 (relación de aspecto que me encanta) es algo que no me echa para atrás, así que el primer rechazo que mantengo durante todo el prólogo no es por cómo me entra por la vista. Esos aspectos nunca han sido una barrera para mí, para poder disfrutar de una obra cinematográfica; de hecho, muchas veces me ayudan a apreciar mejor cómo evolucionó el lenguaje de este arte. Sin embargo, aquí, el verdadero obstáculo inicial es la historia. Y sí, sé que va en contra a todo lo que he estado exponiendo hasta ahora, pero me explico. Simplemente, es una historia que de primeras, no conecta conmigo o yo con ella. A los pocos minutos mi interés va desapareciendo y me acabo acostando por el sueño que me provoca. Irónicamente, el ritmo y la estructura no pierden el tiempo: van directos al meollo. En teoría, eso debería captar mi atención, pero me ocurre lo contrario. Intento implicarme porque en el fondo, me interesa conocer relatos tan influyentes en la historia como los Diez Mandamientos, igual que me interesan el origen de los conceptos como los siete pecados capitales. Pero las cuestiones religiosas nunca han ido de la mano conmigo, y aquí, esa desconexión pesa demasiado desde el principio. La película comienza a cojear antes de dar sus primeros pasos.

Pero en medio de todo este pesar, hay algo que logra cautivarme y no solo aquí, sino en el cine en general: la interpretación. Es evidente la herencia teatral propia de la época, con gestos tan marcados y esa expresividad mayor de la que estamos acostumbrados a ver hoy. Pero, precisamente por ello, me fijo mucho en sus miradas y en la manera que tienen de comunicarse sin apenas palabras. En ningún momento me hacen ser consciente de que están frente a una cámara o de que están actuando para ganarse la convicción del espectador. No me percato durante el visionado de esa barrera entre personaje y actor, que tan difícil es hacer desaparecer para muchos. Siempre he pensado que el cine es una gran mentira por la que muchos estamos dispuestos a pagar --yo el primero--; esa ilusión construida para hacernos creer algo que sabemos que en el fondo no es del todo real, por realista que sea la película. Aquí, esa ilusión funciona extraordinariamente. No hay rastro del artificio que fastidian las interpretaciones; me creo lo que veo.


Aún para recalcar más ese punto del realismo, los efectos visuales son gratos, sobre todo teniendo en cuenta que es una producción de 1923. Desde esa pared de fuego hasta la gran división de las aguas, son escenas que siguen siendo impresionantes e impactantes por el ingenio técnico que suponen. Hoy es fácil identificar los trucajes y comprender cómo pudieron lograr tales hazañas, pero aun así, es todavía más admirable el resultado. Sería un insulto valorar estas imágenes únicamente por el envejecimiento de los efectos. Incluso me hacen abrir más los ojos de la impresión que su posterior remake. La sensación artesanal que desprenden es fascinante.

'The Ten Commandments' (1923)
'The Ten Commandments' (1923)

Entrando en su historia, que podría ser la parte considerablemente más importante del filme titulándose 'Los Diez Mandamientos', es lo que más me cuesta comprar. La introducción a su trama se fundamenta principalmente por conflictos entre egipcios y esclavos, cosa que me genera un efecto somnoliento y, a su vez, coraje, porque no me gusta tener sueño viendo películas. No me entero bien de las cosas si me pesan los párpados. Lo bueno es que no es siempre así, porque todo va cobrando vida y movimiento poco a poco, con tinciones y elementos narrativos que me gustan. Esa sed de venganza, la búsqueda de la libertad y el componente religioso siempre presente. Aunque la fe sea el eje principal de la película, DeMille la equilibra con una acción, un drama y un humor que sientan bien. Es una combinación homogénea y nada anula nada. De hecho, muchas veces tengo la sensación de estar viendo un drama bélico ambientado en los tiempos de Moisés, más que una película puramente católica. Aprecio especialmente la representación de los Diez Mandamientos como palabras que descienden literalmente del cielo. Es una imagen poderosa visualmente y transmite esa idea de intervención divina de forma sencilla, directa y sin olvidar que es cine.

Desde un punto de vista completamente agnóstico, hay conceptos e ideas que se me hacen imposibles de comprender. Considerar que dudar de la existencia de Dios sea una blasfemia y llegar al extremo de querer echar a un hijo de casa por no compartir ideología es algo incomprensible, se mire por donde se mire. Por eso, mi línea de diálogo favorita es: <<I'll apologize to you, mom, but not to God -- because I don't believe there is one>>. Una brillantez de guion que resume el conflicto entre el respeto hacia una persona y la libertad del pensamiento. Uno puede disculparse por haber herido a alguien, pero ¿por una deidad cuya existencia es dudable? Es, además, un componente que valoro especialmente donde el discurso se presenta dispuesto a debatir sobre el escepticismo, cuando Dios es casi el eje central en esta película. Es como si un católico escribiera un libro sobre Dios pero se cuestiona a sí mismo poniéndose en el lugar del no creyente.


Y, a ver, el filme tampoco tiene por qué ser un reflejo exacto de la sociedad cristiana, pero hay situaciones que inevitablemente me llevan a cuestionarme algunos de los planteamientos religiosos. Que dos personas no puedan bailar simplemente porque es "el día del Señor" me transmite una imposición más que una elección espiritual. Desde fuera, me hace ver todo este "cuento" como una dictadura disfrazada de moralidad. Tampoco busco desacreditar la religión ni sus formas de expresión, porque comprendo el concepto del día de descanso; simplemente, no lo comparto.

Antes comenté que la película no comenzaba bien por culpa de un prólogo que fracasa en su intento por introducirme, porque lejos de conseguirlo me quedo dormido, pero que también va cobrando fuerza a medida que las escenas van pasando y su trama se matiza. La entrada de los McTavish es un punto de inicio crucial, que despierta mis alarmas interiores como espectador diciéndome a mí mismo, "aquí empieza esto de verdad". Me funcionan tan bien estos personajes que su simple ausencia en su posterior remake, me rompe la película por completo, convirtiéndomela en una experiencia agotadora y casi desquiciante, pero de ella hablaré más adelante.

Edythe Chapman, Richard Dix, Rod La Rocque y Leatrice Joy 'The Ten Commandments'
Edythe Chapman, Richard Dix, Rod La Rocque y Leatrice Joy 'The Ten Commandments'

Conecto mucho más con los McTavish, que son los personajes modernos, porque son más cercanos y reconocibles en el sentido humano que Moisés y los faraones, a los cuales percibo como figuras ficticias, cuando en teoría, existieron de verdad. Ya no observo seres "mitológicos", sino personas con conflictos familiares, económicos y morales que son mucho más comprensibles. A través de ellos, DeMille demuestra un dominio en su puesta en escena. El aro situado sobre la cabeza de John lo identifica con la virtud; Dan con las esposas, está condenado por sus propias decisiones. Recursos simples en el fondo, pero definitivos sin necesidad de explicaciones, aunque los diálogos lo dejan caer continuamente, lo que a su vez demuestra que la escritura de personajes es otro de los grandes aciertos que posee esta gran obra.


DeMille es el mismo que pone entre las cuerdas a Dios mismo, transformando su figura protectora en un juez implacable que castiga a cualquiera, sean o no quienes no respeten esos sagrados mandamientos. Es la mayor contradicción de la película. El castigo no recae sobre quien comete el pecado, sino también sobre personas inocentes o sobre quienes permanecieron a su lado. Eso no puede justificarse como justicia divina. Me parece más lógico interpretar esas desgracias como consecuencias de malas decisiones humanas, que como intervenciones directas de Dios. El "todo pasa porque Dios así lo quiso" es una forma de explicar una tragedia, sin tener que culpar a nadie, y menos a uno mismo.

John McTavish (Richard Dix) con el aro.
John McTavish (Richard Dix) con el aro.
Dan McTavish (Rod La Rocque) con las esposas.
Dan McTavish (Rod La Rocque) con las esposas.

Llegando al clímax, la narrativa se vuelve cada vez más convencional, y eso, en realidad, no ha de ser precisamente negativo. Funciona correctamente y ofrece un cierre coherente para todos los planteamientos. Pero sin duda, lo que realmente me puede es el desarrollo de sus personajes. Cada uno evoluciona de una forma plenamente acorde con sus principios, sus errores y su manera de entender el mundo. Nadie cambia porque el guion así lo necesita; las decisiones de cada quien nacen de las personalidades, y es lo que vuelve el desenlace convincente.


A pesar de que el guion y las interpretaciones son lo mejor del filme, la banda sonora acaba fatigándome. Refuerza las emociones y acompaña las imágenes. Es eficaz en su objetivo, igual que las tildes ayudan a comprender una frase. Pero por culpa de repetirse tanto y variar tan poco, es por lo que termina pesando más de lo que me gustaría.


Por último, hay un aspecto que explica por qué nunca llego a entusiasmarme con esta película. Soy consciente de que no pertenezco al público objetivo, probablemente. El discurso religioso sobre el que se sostiene casi toda la obra no conecta con mi manera de entender el mundo, y eso, inevitablemente, condiciona mi experiencia. Sin embargo, intento valorar la película de la forma más honesta posible, dejando de lado mis propias creencias siempre que puedo, aunque es irónico tratándose de una trama así. Porque como amante del cine, me gusta dar una oportunidad siempre a cualquier tipo de narración, incluso cuando no comparto para nada lo que se expresa. Es una gran película que merece mucho más reconocimiento que su versión posterior, por su magnífica puesta en escena, su capacidad narrativa y sus actuaciones. Nunca la llego a sentir como una película cercana a mí, aunque encuentre virtudes cinematográficas como para apreciar el enorme talento de DeMille.

'Los Diez Mandamientos' de 1956.

Treinta y tres años después, DeMille, no satisfecho con su grandiosa obra de los años 20, decide superarse y hacer su propio remake, en 1956. Además, no lo hizo en vano, como muchas otras películas actuales que pecan al intentar (fallidamente) revivir sus clásicos orígenes, puesto que innovaba en todos los sentidos. Hay una "mejoría" con respecto a la técnica, a la historia, a la estructura y a la duración. Entre comillas porque, aunque DeMille se superase a sí mismo yendo dos pasos más lejos en ambición, no significa que la película fuera mejor. Si ya de por sí, 'Los Diez Mandamientos' en su forma clásica dura 146 minutos, esta renovada versión se prolonga mucho más, alcanzando los 219 minutos.


De lo que más ganas tenía no era su historia, que también, porque ya me "cautivó" siendo lo que es, sino del technicolor. Me pongo contento automáticamente al leer que una película aplica sus colores mediante ese sistema. Un color saturado, casi irreal, que me transporta de inmediato a ese tipo de cine que me fascina, el que se preocupa por ser cine de corazón, aunque fuera conocido como el rey del superespectáculo comercial. DeMille, además, consigue esa sensación de espectacularidad ambiciosa con una música enorme. Una escenografía que entra por los ojos sin mayores esfuerzos, como los nenúfares, donde las mujeres hablan de oro y amor (es una de las imágenes más bonitas que ha regalado el cine). Las primeras escenas me encandilan, pero por desgracia, no es una sensación permanente.

'Los Diez Mandamientos', de 1956, de Cecil B. DeMille
'Los Diez Mandamientos', de 1956, de Cecil B. DeMille

Aunque la introducción es correcta, me interesa menos de lo que debería. No hay algo mal planteado, sino que siento que el conflicto tarda demasiado en atraparme. Los diálogos tienen ingenio, porque esos matices de duda se intercalan con valentía y coraje. No son conversaciones vacías, sino que me ayudan a seguir un hilo que no es lo suficientemente contundente. Dentro de este pesada ejecución, la figura de Moisés es destacable. La evolución que lo transforma de un simple individuo común a un peligro para un imperio entero. Es la transformación de un hombre privilegiado en alguien dispuesto a renunciar a todo por una causa; la única razón por la que sigo viendo la película: a estas alturas, poco más me importa lo suficiente.


Una de las cosas que más ansiaba era la presencia de los McTavish, pero brillan por su ausencia. Es una enorme y completa decepción. Se siente como un hostiazo. En 1923 encontraba especialmente interesante esa aplicación de los mandamientos a un contexto contemporáneo, porque las ideas religiosas se veían reflejadas en los problemas directamente humanos. Eso, aquí, desaparece por completo, perdiendo lo que para mí era, algo esencial. Pero si de personajes hablamos, Nefertiti empieza siendo más un símbolo que una persona. Es la belleza, el deseo y la posesión, alguien acostumbrada a conseguir lo que se le antoja. Podría parecer un problema en su guion por limitar a una de las mujeres más importantes de la película, en una simple simbología, pero precisamente esa condición le permite tener uno de los desarrollos más grandes de todo el filme.


Y los temas siguen siendo los mismos, por supuesto. La lealtad, el amor, la traición y la humanidad son los elementos que fundamentan la pesada historia. Lo único de lo que podría acordarme con buenos sentimientos es del reconocimiento del propio Moisés en su condición de esclavo como acto de principios. Es una renuncia a su preciada posición para aceptar quién realmente es. Aquí es donde mi ideología entra en juego y me hace cuestionarme cosas: ¿por qué permite Dios la esclavitud? ¿Por qué esperar al "momento oportuno" para ayudar a un pueblo que lleva tanto tiempo sufriendo? ¿Por qué permitir una prolongación del dolor si se supone que ama a todos por igual? Lo bueno es que no me dejan con las esperas de una respuesta, porque DeMille sabe que más de uno se preguntaría lo mismo. Responde con que Dios no interviene directamente, sino que espera a elegir al hombre que cumpla su voluntad. Sin embargo, yo lo que veo es un hombre con dos pares haciendo frente a un sistema imposible --aparentemente-- de derribar.

Anne Baxter como Nefertiti en 'Los Diez Mandamientos', 1956.
Anne Baxter como Nefertiti en 'Los Diez Mandamientos', 1956.

He visto varias películas del estilo como preparación para Semana Santa y, en todas, la esclavitud pesa sobre la narración como una herida constante. Aquí, en cambio, no siento ese peso. Veo los castigos, los latigazos y la explotación, pero no me conmueven en absoluto. La película me lo muestra crudamente, pero para mí, como si nada. La distancia emocional termina debilitando aún más el relato, porque la fuerza ya no es consistente y el horror del sometimiento no existe. De ahí nace otra idea: ¿qué es peor, vivir esclavizado o llegar al punto de desear la muerte como única forma de escapar del sufrimiento? Son planteamientos lanzados al aire, pero no veo profundización en ello. No me afecta la intensidad dramática necesaria lo suficiente como para que me atraviesen. La acción tampoco pone de su parte, porque la artificialidad la mata y es poco convincente. Los momentos decisivos carecen de impacto real.


Al menos, los conflictos personales sí me llaman la atención. El faraón se escandaliza por la rebeldía de su hijo mientras él mismo esclaviza y deshumaniza a un pueblo entero. Una contradicción que demuestra cómo el poder puede cegar incluso a quienes creen actuar correctamente. Son pequeños detalles de escritura que llego a disfrutar. Pero el ritmo también me sienta fatal. A diferencia de la de 1923, aquí me canso de todo y quiero acabar antes de las dos horas. No es por complejidad de guion, porque de eso no hay, sino por implicación emocional. "¿Y a mí qué me cuentas?", me pregunto constantemente.


Solo un par de escenas son salvables. Una de ellas es esa idea de que un hombre no puede juzgar a Dios. ¿Por qué no? Si atribuimos a Dios los actos considerados como buenos, también resulta lógico preguntar por aquellos que generan sufrimiento. Existe una tendencia a reservar los méritos a este ente y las culpas cargarlas al ser humano. Es algo que, personalmente, me fastidia. Esa jodida insistencia en atribuir a Dios lo que pertenece a las personas: la valentía, la decisión, el sacrificio y la capacidad de cambiar la historia. <<Para mí, no existe paz de espíritu hasta que oiga la palabra de Dios, de Dios mismo>>, una línea que resume perfectamente mis ideas. Yo tampoco puedo conformarme solo con creer. Necesito una evidencia clara y muy directa. Si algún día la tuviera, creería, si no dudo de la misma forma que lo hago con mis propios sentidos, como la filosofía de Descartes. Pero puedo comprar ese recurso cinematográfico de representar a Dios como una luz. Es una manera elegante de materializar algo que, por definición, no puede representarse físicamente.

Destaco en especial otro diálogo que mantiene Moisés con Séphora, cuando Moisés alcanza su punto más humano y lejano con Dios. Él necesita creer, pero no sabe cómo:


- ... has any man has ever gone to see him face to face? No man has never set foot on the forbidden slopes of Sinai. Why do you want to see him, Moses?

- To know that he is. And if he is, to know why he has not heard the cries of slaves in bondage.


En este momento, una de las figuras más influyentes en la historia de Dios toca un eje central en la ideología atea y agnóstica. ¿Por qué, si Dios existe, permite esto? A lo que cualquier creyente, según leo recurrentemente en Internet, defiende que Dios no actúa directamente sobre las decisiones de la gente, puesto que el libre albedrío y la capacidad de actuar no existirían. Dios es un guía para llevar por el buen camino. Pero a raíz de esa explicación, pueden desentramarse aún más cosas y matizar los detalles. Si Dios guía por el buen camino, ¿por qué permite a cierta gente ir al infierno por pecar? Claro, porque no permitir pecar sería ir en contra de esa premisa del libre albedrío, lo que convierte esta cuestión en una paradoja.

Pero siempre vuelvo al mismo punto. Dios castiga a Egipto con plagas, granizo y muerte, afectando también a inocentes. El sufrimiento para Dios no distingue entre culpables e inocentes. El objetivo era liberar a un pueblo, pero la forma elegida deja víctimas por el camino. Eso, y que al pobre Moisés lo arranca de su propia vida para ser su sirviente. Dentro de la película es una elección divina, pero yo no puedo evitar verlo como un acto de profundo egoísmo, aunque él mismo aceptase por propia convicción, porque esa aceptación no me la creo.

Yul Brynner como Ramsés en 'Los Diez Mandamientos', 1956.
Yul Brynner como Ramsés en 'Los Diez Mandamientos', 1956.

En todas las guerras mueren inocentes. Esta es una más. La diferencia es que aquí se pretende justificar moralmente esa violencia porque quien la ejerce es Dios. Ahí es donde ya la propia película me expulsa. Si una acción es cuestionable a manos de un hombre, no entiendo por qué deja de serlo cuando es obra de una divinidad.


A partir del entreacto todo se hace tan asquerosamente pesado y lento que me entra un sueño terrible. Las moralidades se repiten sin aportar nada y dejo de querer seguir el rastro de Moisés o Nefertiti, cuyo desarrollo, especialmente el de ella, llega demasiado tarde como para preocuparme. Consigo no dormirme y eso define perfectamente mi mala experiencia.

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