Afrontar un documental mudo de 1924 sobre la Antártida requiere, de entrada, dejar de lado las expectativas modernas. En una era dominada por el frenetismo visual y el montaje epiléptico, adentrarse en 'The Great White Silence' es someterse a un ritmo contemplativo que roza lo hipnótico. Y sin embargo, contra todo pronóstico de aburrimiento o somnolencia, resulta una experiencia profundamente fascinante: acompañar un viaje tan extraordinario registrado de la forma más pura y despojada posible, hacia un lugar donde no habita el ser humano y donde la masa de hielo parece dominarlo todo.
El metraje corresponde a la célebre Expedición Terra Nova, liderada por el capitán británico Robert Falcon Scott, cuyo objetivo principal era alcanzar por primera vez en la historia el Polo Sur geográfico, en una carrera contra el explorador noruego Roald Amundsen. A bordo del barco viajaba Herbert Ponting, pionero de la fotografía de naturaleza y cinematógrafo de viaje. En condiciones extremas —con cámaras de manivela de madera enormemente pesadas y químicos que amenazaban con congelarse—, Ponting logró documentar la travesía, la biología marina y la vida cotidiana del barco antes de regresar a Inglaterra en 1912 con el material procesado.
El valor cinematográfico de la película reside en la agudeza visual de Ponting. Son memorables las tomas del barco rompiendo las placas de hielo, la majestuosidad de la barrera helada de 35 kilómetros —capaz de abarcar el tamaño de todo Londres y sus suburbios— y el estudio de los grandes cambios del paisaje: contemplar el "antes y después" de enormes cuevas y monumentos de hielo que pasan a ser, con el tiempo, montes helados tras el colapso. Demuestra un gran sentido del montaje con esa labor de estructurar el metraje mediante intertítulos descriptivos. Sin esos textos explicativos sería casi imposible descifrar qué ocurre exactamente o qué fenómeno nos está mostrando la pantalla. Además, el director recurre a un ingenioso sentido del humor que suaviza la desolación del entorno: como al bromear diciendo que una gaviota se aleja unos minutos "para permitirle tomar un plano de sus crías recién nacidas", cuando está claro que la gaviota no tenía esa intención.
Uno de los grandes aciertos para no hacer del documental, una vacía propuesta pretenciosa es no limitarse a la masa helada, sino mostrar la vida que late en ella. Es reconfortante comprobar que no todo fue trabajo extenuante para la tripulación, observándolos disfrutar del tiempo libre junto a los perros de tiro y el gato. O el célebre pasaje de dos pingüinos peleándose rabiosamente porque uno le ha robado piedras del nido al otro. Sin embargo, es imposible no mirar la cinta con los ojos del presente, y no debería ser algo precisamente malo, porque no vivo en 1924 y tampoco he nacido en esa época clásica, sino en el apogeo del cine moderno de los 2000.
Lo que sí puede ser verdaderamente chocante más que una pesada carga rítmica, es la justificación moral del trágico destino de los ponies embarcados. Presentar su muerte como un destino predestinado e inevitable resulta inaceptable bajo las verdaderas razones: fueron enviados a morir a un entorno cuyas condiciones implacables eran perfectamente conocidas de antemano.
El gran impacto cae cuando, tras una hora y media de duración, asistimos a una expedición fascinante e interesante donde la tripulación parece tener coraje para sobrevivir a cualquier riesgo. Pero en los últimos veinte minutos, la película cambia drásticamente de tono. La revelación de los diarios de Scott, la muerte de Evans y la mención a los testimonios que confirmaban que la situación se complicaba irrevocablemente transforman el documental en un altar fúnebre.
Los últimos diez minutos de metraje están dedicados a honrar a los valientes que entregaron su vida en la expedición. "Por el país", es la dedicatoria final, cerrando con solemnidad una travesía legendaria. A pesar de que sus dos horas puedan hacerse eternas, 'The Great White Silence' es un monumento histórico indiscutible: la fusión perfecta entre la maravilla del descubrimiento geográfico y el peso trágico de la condición humana.
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