15 Aug 2026 · 0 visitas

Confiaba en la tensión de la premisa, en la dirección de Jaume Balagueró y en la presencia de Luis Tosar, y la película responde con creces en su formalidad. Tras haber dejado clara su relevancia en el cine de género con '[REC]', Balagueró vuelve a demostrar aquí que es un narrador excepcional, capaz de dominar el espacio, los huecos vacíos y el movimiento de los elementos en el escenario para erigir una puesta en escena claustrofóbica.


Su mayor mérito radica en la economía del lenguaje cinematográfico. Hay un momento clave —un verdadero planazo— que cambia las reglas del juego: un travelling descendente que conecta las dos caras de la trama haciéndolas una. En cuestión de segundos y mediante un solo movimiento de cámara, Balagueró ahorra una introducción expositiva que podría haber sucumbido a lo excesivo, pero se reduce a lo esencial para redefinir por completo al personaje principal. Y digo <<redefinir>>, a pesar de presentarnos desde su sinopsis a Tosar como el principal antagonista. Pasamos de ver a un individuo aparentemente inocente, pasivo y tranquilo a descubrir a un monstruo psicópata. Cuando un montaje logra manipular las expectativas del espectador a través de falsas primeras impresiones y síntesis visual pura, solo queda aplaudir. Es un gran ejercicio de comprensión de cómo opera el lenguaje del cine, jugando con elocuencia con el ritmo, las elipsis y la gestión del misterio.


Ha logrado que, de un primer momento, ya sepa que el principal protagonista es un cabrón de primera, pero que se presenta ante la gente (tanto a los figurantes de la narrativa interna como a los espectadores), como alguien que pretende firmar la paz mundial. Así logra hacerme empatizar con él, deseándole el mayor de los éxitos en la vida y me pregunto: ¿pero este tío no iba a ser un monstruo? Aun así, pienso todo lo contrario. Es cuando tiene lugar ese travelling que transforma por completo a César (Luis Tosar). Me vuelve a cambiar las expectativas. He aplaudido posteriormente.


El corazón del suspense que construye Balagueró se fundamenta en un mecanismo preciso: el punto de vista. Como espectadores, la cámara es César desde el primer instante, convirtiéndonos en cómplices involuntarios de sus actos. Conocemos sus intenciones, sus rutinas y cada movimiento que ejecuta. Por eso, calificar el comportamiento de Clara (Marta Etura) o el desarrollo del guion como "inverosímil" responde a una confusión de planos: es un error juzgar las reacciones de la víctima con la información priviligiada que solo tenemos nosotros desde la pantalla. Clara vive en la ignorancia y en la confianza cotidiana de su hogar. Ella no sabe que la están drogando; solo experimenta las consecuencias físicas que la película se encarga de mostrar claramente.


Lo verdaderamente perturbador de esta propuesta no es la amenaza de un secuestrador explícito que recurre a la violencia o a la tortura física, sino algo mucho más sutil y aterrador: vigilar y controlar en la sombra. Da infinitamente más miedo ser controlado sin saberlo que tener al agresor de cara.


La película justifica de forma orgánica cómo César esquiva las sospechas. Aprovechando el estereotipo de la mujer indefensa ante los bichos, utiliza el episodio de las cucarachas para fumigar el piso, colarse en su intimidad y justificar la presencia de sus huellas y su ropa bajo el pretexto del trabajo de portería.


En el centro de este engranaje brilla nuestro actor principal, Luis Tosar. Su trabajo va más allá del guion; ofrece una figuración de un peligro tan real que llega a cuestionar los límites de la moral. Lo fascinante de la narrativa es que logra manipular al espectador para que desee que no lo pillen. Nunca queremos que César caiga, primero porque se acabaría la película, y segundo porque su escritura y actuación nos hacen cómplices del ritmo de la trama. Sabemos que el suspense se vendrá abajo en algún momento, pero la gracia reside en no saber cuándo ocurrirá ese fallo. Es cuestión de previsibilidad.


Para sostener esa tensión, el relato necesita fisuras, y ahí entran la niña y la pareja de Clara como los dos grandes arietes que amenazan con desestabilizar la omnipotencia de César:


La niña como talón de Aquiles: Aunque su interpretación pueda sentirse algo forzada en el tono, su personaje funciona como la amenaza latente perfecta. Es el único testigo directo con el poder de destruirlo. Que no hable de inmediato no es una laguna, sino instinto de supervivencia: es una cría consciente del peligro real que supone un hombre adulto, que posteriormente la ha amenaza explícitamente con tirarla por la ventana.


La confrontación visceral con la pareja: La irrupción de la pareja de Clara aporta el choque físico que la historia pedía a gritos. Exigir que todo personaje reaccione llamando a la policía es ignorar la naturaleza humana; presentar a un hombre impulsivo que decide encarar directamente a un psicópata al pillarlo en su casa añade una valiosa cuota de rabia e impredecibilidad, más siendo la pareja de la víctima.


En este diseño de situaciones límite, destaco también el profesionalismo de las escenas más arriesgadas. La secuencia en la que Tosar aparece completamente desnudo al lado de Marta Etura en la cama es un momento de un impacto brutal. A pesar de ser un encuadre que dura menos de diez segundos y que requiere un planteamiento de rodaje extremadamente incómodo, demuestra a un director dispuesto a asumir riesgos cinematográficos en favor de un instante clave que resuena durante el resto del metraje. Aunque su mérito se debe extender también al profesionalismo actoral.


El guion está construido con la elocuencia suficiente para no dejar agujeros a la vista y trata los temas delicados con contención. Si hay presencia de sexo o tensión infantil, es porque la historia lo exige estrictamente; no hay morbo ni relleno gratuito. En este sentido, las escenas de César visitando a su madre en el hospital —a menudo criticadas— no son en absoluto en vano. Aunque el metraje ya muestra su inclinación autodestructiva cuando contempla el vacío al inicio, estas visitas funcionan como el matiz o la "tilde" que concreta su psicología. La madre es el único espectador mudo ante el cual él puede quitarse la máscara, verbalizar su incapacidad para ser feliz y admitir su necesidad de destruir la alegría ajena.


Por contraposición, el punto más débil de la obra reside en el reparto secundario. La gran mayoría de las actuaciones resultan difíciles de sostener, dejando al descubierto una teatralidad que delata que "están actuando" y contrastando con la naturalidad escalofriante de Tosar. Sin embargo, el magnetismo del protagonista y la firmeza del montaje son lo suficientemente potentes como para arrastrarme como espectador y mantener la experiencia emocional por encima de esas aristas.


'Mientras duermes' no busca reinventar los esquemas del cine ni pretende ser una obra revolucionaria, pero destaca por su solidez. No sobra ni falta un solo minuto de metraje; de haber sido más larga, habría arruinado su efectividad seguramente. El tramo final es un golpe demoledor. Cuando el espectador asume que la tormenta ha pasado (yo, por ejemplo), la película asesta un remate desgarrador y mucho más trágico de lo previsto. Clara tiene un hijo, "producto" de una violación perpetuada por César cuando esta estaba dormida. No deja espacio para la ambigüedad ni invita a imaginar posibilidades: confirma de frente la peor de las certezas. Sin reducirse a una lectura moral sobre el acoso, la película se consolida como un ejercicio de suspense impecable, incómodo y sumamente perturbador que confirma la maestría de Balagueró en la gestión del miedo doméstico. Algunos espectadores que se encuentran en el lado negativo de la película tiran piedras a una de las ramas que se relacionan a esta situación. ¿Cómo Clara no es consciente de que la están drogando? Recordemos que siempre se levanta afectada físicamente, argumenta que duerme mal y se levanta cansada. Tiene una piel que se ve mal y sufre algunas náuseas. Precisamente, para dar más sentido a estos elementos, Clara va al médico con su pareja, Marcos (Alberto San Juan), para saber qué le está ocurriendo. La resolución a la que llegan cierto es que debería haber sido otra, porque los diálogos exclaman que ella está embarazada, en lugar de dejar claro que esos síntomas no son de un nacimiento próximo, sino de una enfermedad que esté sufriendo. Pero también es una buena conexión para enlazar esos síntomas con la visita al médico y, finalmente, la evidencia de una violación. Esto explica por qué su novio está alarmado, porque con él no ha sido, porque no se han estado viendo durante el periodo que lleva transcurrida la gestación.


Me encanta y adoro cuando los directores y guionistas asumen arriesgadas escenas con tal de formar premisas de gran impacto. Por supuesto, no justifico lo que hace César, pero teniendo en cuanta el tipo de historia que se cuenta, no podría haber habido mejor final que ese. Bravo, Balagueró. Bravo, Tosar. Bravo, Marta Etura.

← Volver a reseñas

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!

Añadir comentario

Tu email no se mostrará públicamente
Máximo 2000 caracteres
Código de verificación