El irónico humanismo de Chaplin | Crítica de 'Luces de la ciudad' (1931) SIN SPOILERS
08 Sep 2026 · 10 visitas

Primeramente me choca que las voces de las personas poderosas estén simuladas por un efecto de sonido que parece más un ruido que el habla humana. Me acostumbro cuanto más escucho, pero utilizar ese recurso revela que Chaplin entendía que debía adaptarse sí o sí al cine sonoro, por más que se negara en redondo. El resto de los efectos de sonido son redondos porque activan la comedia y cumplen con las exigencias sonoras dentro de las dinámicas del cine mudo. Es un ajuste brillante que jugaba en contra de la naturaleza de su arte, pero también era un agarre de brazo del que sabía que tarde o temprano debía soltarse.


Chaplin acertaba bastante, por lo que el diseño del millonario es una de las grandes ironías del filme. Su presencia es un motor narrativo evidente --que ocupa casi la mitad del metraje--, concebido antes para dar cabida a los gags de Charlot que para sostener un discurso ideológico propio. Su lógica está invertida: en lugar de ser un borracho conflictivo, es simpático cuando cae en el alcohol y vuelve a la frialdad cuando recupera la sobriedad. Siguiendo la misma lógica, los escenarios y los decorados son más requerimientos para la acción que peso político explícito. Por ejemplo, el ring de boxeo que es un clarísimo paralelismo a 'The Champion'. Su función es que Charlot gane dinero, no demostrar gran cosa.

Charles Chaplin (el vagabundo) en 'Luces de la ciudad' (1931, Charles Chaplin)
Charles Chaplin (el vagabundo) en 'Luces de la ciudad' (1931, Charles Chaplin)

Porque el papel de la riqueza en esta película es una muestra de ayuda y simpatía. Si alguien sostiene que el dinero no consigue nada, debe considerar que sin ello, Charlot difícilmente podría ayudar a la chica. Una chica que, gracias al propio Chaplin, no queda reducida al interés, sino que se humaniza gracias al cuidado y sentimiento que aporta Charlot.


Por detalles como ese, es que este cineasta era de alto calibre, porque el uso del encuadre revela una gran conciencia espacial. Sostiene el plano general contextual y narrativo porque comprende que acortarlo limitaría el margen de desarrollo del humor, eliminando la posibilidad del juego con los elementos del escenario, la utilería y los figurantes. Y, en cambio, en las últimas secuencias cambia de estrategia: hay una conversión del plano general al medio corto, porque la comedia se transforma en conexión sentimental y emotividad pura. Solo importan las sonrisas y las miradas.

Charles Chaplin (el vagabundo) en 'Luces de la ciudad' (1931, Charles Chaplin)
Charles Chaplin (el vagabundo) en 'Luces de la ciudad' (1931, Charles Chaplin)

De ahí que el montaje y el ritmo destaquen por una fluidez orgánica, donde las escenas se fusionan como un conjunto articulado y único, respaldado por una fotografía de Rotheroh y Pollock, con ese blanco y negro nocturno deslumbrante. Y eso que Chaplin no necesita suavizar el drama --como demuestra en 'Una mujer de París', porque decide reunir sus códigos esenciales: el vagabundo, la mujer idealizada, los malos, las persecuciones... Se nota el control absoluto sobre su propia obra, lo que también suena a repeticiones y ciclos interminables. Yo veo que sus narrativas piden a gritos a estas alturas una renovación formal, pero lo hace tan bien que me conformo con lo que da.

Charles Chaplin (el vagabundo) y Virginia Cherrill (la florista) en 'Luces de la ciudad' (1931, Charles Chaplin)
Charles Chaplin (el vagabundo) y Virginia Cherrill (la florista) en 'Luces de la ciudad' (1931, Charles Chaplin)

El tramo dramático podría haberse beneficiado de un mayor peso, de una mayor carga desgarradora y un fuego de cocción más lento para amplificar el estallido emocional. La sonrisa de Charlot es cautivadora y aterradora, al igual que la de Virginia Cherrill, con la que me creo que de verdad esté ciega. Es un momento en el que se cierran todas las ideas mientras tengo el corazón casi a mil, emocionado e inclinado hacia adelante. No me desconcentro y ni me disperso en ningún momento de lo que me cuenta. Solo me fastidia que me deje con ganas más en esos últimos minutos.

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