Cuando a una película se la pinta constantemente como la obra culmen de Alfred Hitchcock, uno acude a ella esperando una catarsis. Si bien es cierto que la película me ha gustado, en el fondo de mi ser no hay una emoción intensa. Me encuentro ante una trama tan bien montada y contada a través de personajes estupendamente bien escritos, pero la historia, en su esencia, no logra cautivarme del mismo modo que Scottie (James Stewart) es cautivado por el amor de su amada.
Donde la película resulta verdaderamente incontestable es en su construcción visual y en su planificación espacial. Hay secuencias espléndidamente bien construidas. Una de las virtudes que más aprecio es el uso de los planos de larga duración, una cualidad que se pierde poco a poco en el cine moderno. No hay necesidad alguna de convertir una escena en tres; Hitchcock no apresura el montaje y eso me permite acercarme más a la escena y adentrarme en ella. No me disipo en pensamientos: sé que tengo que fijarme detenidamente en las ropas, en las decoraciones, en las personas y en los escenarios, porque sé que algo habrá ahí dentro que resulte importante.
Adicionalmente, Hitchcock sabe bien que estas persecuciones a Madeleine Elster (Kim Novak) necesitan de unos planos específicos para contextualizar los espacios y los objetos clave de la narración. Va a necesitar cerrar más de un encuadre para convertir grandes angulares en planos detalle, no solo con un fin narrativo, sino también explicativo. Eso da un margen de trabajo enorme para lograr una fotografía que amerita de sobra el valor de la producción. Es necesario resaltar los lugares, sobre todo si son bonitos a la vista, y ahí entra el sistema de color característico de estos años que logra capturar perfectamente la esencia pura de los colores y la iluminación: el technicolor. Hay planos verdaderamente preciosos, momentos en los que pausaría la película sin dudarlo para contemplar detenidamente los fotogramas y deleitarme visualmente con esa sensibilidad a la hora de capturar los términos.
Sin embargo, lo malo de la película —además de una trama que en realidad no me llama la atención— es el tratamiento del misterio. Y resulta contradictorio, porque el cómo se plantea ese suspense a través de los gestos anticipativos de los personajes ante cosas que la cámara no encuadra inmediatamente (para hacernos sentir una duda demasiado intensa durante un segundo y eclosionar en un clímax estimulante) no es suficiente para hacerme vivir esa tragedia que constantemente pesa sobre los hombros de Scottie.
Ciertamente, no me he enterado de todo desde un primer momento porque, aunque los diálogos expresen literalmente lo que trata de comunicar Hitchcock, son los giros los que me confunden una y otra vez. En parte, esa es la gracia de un giro, ¿no? Que te descoloque y te haga más preguntas que darte respuestas. A veces me funciona y a veces no. En otras películas de directores como Scorsese o Amenábar, los giros no hacen menos que sorprenderme y darme ganas de aplaudir por tan ingenioso engaño. Pero aquí, con una trama que tira de "tantos" hilos, lo menos conveniente es mentir literalmente al espectador, aunque Scottie sea la principal víctima de la función. Para mí, Hitchcock es tan sumamente bueno en el manejo del suspense que da igual el guion que le des, porque va a saber manejarlo exquisitamente desde la puesta en escena, pero la estructura del engaño en sí no termina de convencerme.
Si bien hay momentos en los que la película no me tiene en sus brazos porque no logro simpatizar del todo con Scottie (por ejemplo en su final, que me deja completamente frío), hay otros elementos que compensan estas carencias. El primero son las reflexiones que uno puede extraer: Scottie es el medio perfecto para explorar los traumas del pasado y afrontar las mentiras a través de estos traumas. Tiene vértigo y se sabe, partiendo de una previsibilidad narrativa, que en algún momento va a tener que enfrentar estos miedos. Hitchcock dice literalmente: vas a tener que controlar tus miedos porque si no te van a controlar y a manipular; tus miedos no pueden controlarte a ti, sino tú a ellos.
Claro está que no sé qué intenciones exactas tendría Hitchcock a la hora de la verdad, pero me pongo en los zapatos del director y lo pienso de tal modo. Además, ¿qué gracia tendría esa primera secuencia en los tejados si luego no fuera a tener ese tipo de paralelismo en la estructura del metraje? La tragedia en la escena de apertura es el origen del trauma y la culpa. El otro elemento clave es la banda sonora, aunque a mí personalmente no me cala; de hecho, a veces se me hace ruidosa. Se trata de un estilismo basado en una tragedia personal que pende de un amor fallido y un trauma que él sabe que no puede controlar. La banda sonora me está diciendo constantemente que no me contente mucho, que esto no puede acabar de la mejor forma. Me canso de la música porque insiste demasiado en esa tragedia y, a veces, aunque sea necesaria para la atmósfera, preferiría ver escenas completamente mudas para sentir la tensión de otra manera.
El amor está intensamente presente en la película, siendo uno de los motores emocionales principales junto a la acrofobia. Francamente, ese amorío tan fuerte que siente Scottie por dichosa mujer no me afecta ni positiva ni negativamente. No es mi relación, no estoy enamorado de nadie; solo estoy enamorado de la actuación de James Stewart, que me parece sensacional. Pueden besarse o no verse nunca más, me da exactamente igual. Al igual que tampoco me importan demasiado los hilos conductores que conectan todos los elementos argumentales, aunque reconozco que son necesarios para que haya consistencia en la película.
Al final, en términos generales, es una obra que no acaba por hacerme sentir miedo, ni tensión, ni emoción. A veces me pregunto qué va a pasar, pero no me provoca sobresaltos. En cambio, 'La ventana indiscreta' —que es la otra parte del gran debate acerca de cuál de las dos es mejor— plantea un misterio bastante más convencional, más simple por definición, pero con mucho más juego en el espacio, con interacciones más interesantes entre los personajes y con una premisa que, aunque sea mucho más básica, su manipulación me tienta a seguir viendo lo que pasa en todo momento. Aquí en 'Vértigo', una vez que acaba, ya no deseo volver a ver más. Pero en 'La ventana indiscreta' no me habría importado tener más contenido, aunque es tan sumamente buena que no necesita absolutamente nada más.
Un ejemplo perfecto de esta maestría visual es la secuencia de la persecución a la esposa de Gavin Elster (Tom Helmore). No está planteada como una constatación de acoso, sino como una investigación formal porque Madeleine puede estar poseída por un espíritu. Esto conlleva a una secuencia en la que no dejo de pensar y que va literalmente sobre ruedas: Scottie la sigue en su coche, caminando sobre las mismas huellas que ella deja. En este momento, a pesar de que aún no conozco a la esposa de Elster, sé que Hitchcock la ha construido eficazmente para proyectar una personalidad muy concreta: un aura misteriosa, dramática en su ser y tremendamente privada, a pesar de que el punto de partida de toda la persecución sea un pub, que es el lugar menos introvertido del planeta.
Existe un cuidado tremendo a la hora de construir a los personajes, y no es para menos: ¿qué importa más en una historia en la que todo gira en torno a los personajes sino los personajes mismos? Necesitan estar bien conectados entre ellos, con unas actitudes que respondan directamente a sus intereses y objetivos basados en sus pasados. Los diálogos expresan este mérito de escritura que, aunque me gusten menos que los de 'La ventana indiscreta', son absolutamente correctos por su coherencia en cuanto al contexto, las personalidades, la manipulación del misterio y el núcleo del cuento. Dentro de esta construcción, no me parece un fallo que los personajes muestren conductas éticamente cuestionables, como que Scottie se encapriche de la mujer de su propio amigo. Que cada quien tenga su código personal; de hecho, que tengan este tipo de conductas enriquece mucho más la historia y le da tridimensionalidad. Respecto al tratamiento de la figura femenina, sabiendo que tiene una película titulada 'El enemigo de las rubias', me creo perfectamente esta fijación. No obstante, en la pantalla yo lo veo más como una forma de engaño y de amorío trágico que como una cuestión de sensualidad. Creo que es el público el que resalta más esa cualidad sensual en Kim Novak que el propio director, pues la cámara no parece querer buscar nunca nada de ella en su hermosa figura, sino en su alma.
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