¿Resulta intrínsecamente negativo el aislamiento? La respuesta a este dilema varía según la perspectiva filosófica de cada individuo, aunque la cuestión radica en comprender el origen de dicha soledad. ¿Nos aislamos por el temor a infligir daño, por pura complacencia o por una incapacidad manifiesta para vincularnos con los demás? Existen infinitas interrogantes y respuestas. A mi juicio, la soledad es un castigo legítimo solo para quienes hieren de forma deliberada y anempática; personas desprovistas de empatía que hallan placer en el sufrimiento ajeno y privan a otros de su libertad mediante diversas formas de crueldad. Un asesino que no actúa por imprudencia, sino impulsado por una psicopatía que le produce goce al arrebatar la vida, no posee derecho a la compañía humana: merece consumirse en la más absoluta marginación.
Este dilema constituye el primer conflicto que afronta el protagonista. Su aislamiento surge tras el abandono de su expareja, Bárbara. Según relata en terapia, ella lo expulsó del hogar tras un enfrentamiento originado por un vaso roto. No obstante, el detonante real no es el objeto quebrado, sino la cadena de acontecimientos que condujo a ese instante. El personaje admite haber regresado ebrio, una circunstancia problemática no solo por el estado de embriaguez en sí, sino por la mentira previa que construye: afirmar que permanecía en el trabajo cuando en realidad había estado consumiendo alcohol, minimizando una cantidad de bebida que, con toda probabilidad, fue mayor de la confesada.
La disputa escala en intensidad en el momento en que él comienza a establecer comparaciones destructivas con la etapa universitaria de su expareja. La increpa recriminándole que, mientras él asume la carga financiera del hogar, ella es incapaz de culminar sus estudios por falta de capacidad. Ante esto, la terapeuta califica su forma de respuesta como cruel, a lo que él se justifica bajo la honestidad. Este pasaje me invita a reflexionar sobre mis propias interacciones personales, donde la sinceridad y el ser directo suele ser tildado de frialdad o extremismo. ¿Se trata de una insensibilidad por parte de quien expresa la realidad, o bien de una susceptibilidad del receptor que se niega encarar la verdad? Cabe también la posibilidad de que la postura propia peque de una falta de tacto excesiva.
En el discurso del protagonista, la responsabilidad jamás recae sobre sus deficiencias, sino sobre la figura que él percibe como el origen de sus males. Su frustración como vendedor de muebles y su anhelo frustrado de ser arquitecto los proyecta sobre su pareja, recriminándole una falta de apoyo y atribuyéndole la culpa de su estancamiento. Esta actitud evidencia una patología severa: la incapacidad sistemática de asumir los fracasos propios, desplazando la responsabilidad hacia agentes externos.
Estos elementos configuran el marco psicológico de ‘Backrooms’, pues los sucesos posteriores constituyen un reflejo de sus disfunciones emocionales, tanto en el entorno íntimo como en su interacción con el exterior. Clark se nos presenta como un individuo desdichado y desfavorecido por el destino, cuya afectividad se canaliza mediante impulsos violentos. Esta conducta, más allá de sus matices morales, representa un riesgo latente para la convivencia social, siendo el aislamiento el desenlace natural de su comportamiento. Aunque él aún lo ignora, terminará por comprenderlo al adentrarse en los laberintos de su propio subconsciente —las backrooms—, o bien optará por la negación sistemática que ha mantenido desde el comienzo.
El perfil psicológico de Clark queda definido desde el primer cuarto de hora de metraje. Su lenguaje verbal y su gestualidad corporal delatan que es el único arquitecto de sus desgracias. Se muestra como un inconformista que cuestiona implacablemente su entorno, moviéndose con una rigidez motora orientada a reprimir una explosión emocional inminente. La escena del ratón al revisar la luz en el establecimiento sintetiza esta mentalidad: ante la huida del animal y la observación del empleado sobre la erradicación de un solo ejemplar, Clark evidencia que la resolución parcial no le otorga alivio. Requiere el control absoluto de la situación para hallar serenidad.
Por si fuera poco, el mensaje emitido por el televisor interpela directamente su condición: le cuestiona la soberanía sobre su propia existencia y lo incita a traspasar la pantalla para tomar las riendas de su destino, recordándole que siempre existe una oportunidad para la redención. Esto es precisamente lo que Clark anhela: un borrón y cuenta nueva para ejercer la arquitectura y reestructurar su vida personal. Resulta paradójico que el espacio donde sucumbirá sea su propia mente, convertida en un entorno adverso y laberíntico que representa la peor pesadilla para cualquier diseñador de espacios.
Resulta de gran interés señalar que Clark no es el único personaje necesitado de una reestructuración; la propia terapeuta comparte esta carencia. Tras contemplar el anuncio sobre el diseño de la propia vida, su mirada se posa en el elemento más emblemático de su pasado: la impronta de su mano sobre el cemento de la que fue su casa durante su demolición. Ella se muestra incapaz de desprenderse de sus vivencias pasadas y de abrirse a nuevos horizontes, un proceso que exige inexorablemente el abandono de los traumas pasados. Constituye una fina ironía que la profesional capacitada para guiar a otros se encuentre igualmente sometida a sus propios fantasmas.
¿Qué representan exactamente las backrooms? Para una amplia corriente conceptual, constituyen espacios donde los recuerdos yacen distorsionados y alterados por el devenir del tiempo, manifestándose como memorias mal procesadas. La propia película explicita este concepto al definir la conciencia como un estado en constante cambio donde, ante la falta de madurez o entrenamiento emocional, la mente erige muros y murallas defensivas para aislarse del exterior como un mecanismo de protección. Esta afirmación resulta fundamental, pues muestra de forma literal la ausencia de la gestión sobre la psique: una mente desprovista de control transforma sus pensamientos y emociones en una prisión propia que distorsiona la percepción de la realidad. Encasillarse en la visión personal del mundo es un error trágico, intensificado tanto por la obstinación personal como por la marea emocional. Clark encarna este fenómeno; su inestabilidad lo lleva a llevar al extremo sus percepciones, quedando atrapado en un solipsismo donde el sentimiento invalida la razón.
El hallazgo del acceso a las backrooms por parte de Clark confirma su condición de caso perdido. Se encuentra plenamente encerrado en la maraña de sus convicciones y conflictos internos. Su única vía de salvación requeriría un acto de voluntad propio para no caer en ese abismo; sin embargo, cualquier auxilio externo resulta inútil cuando el individuo persiste en explorar los pasillos de su propia alienación, volviéndose implacable ante toda persuasión.
Las backrooms se erigen como la representación arquitectónica del caos mental. Mobiliario dispuesto de forma dislocada, apilado de manera ilógica sobre superficies, techos y paredes; galerías absurdas que desembocan en callejones sin salida; escaleras suspendidas y muros que fragmentan el espacio sin coherencia alguna. La señal de Stop que Clark divisa al inicio actúa como una advertencia explícita para detener su avance, mientras que el cadáver del ave presagia su fatídico destino. Trágicamente, el personaje elige adentrarse precisamente por la ruta donde se manifiestan estas señales de advertencia.
A pesar de todo, existió una tentativa genuina de escapar de esa espiral. Clark entabla una conversación con la psicóloga donde expone la naturaleza ilógica de estos espacios liminales, buscando en ella una validación racional que le confirme que conserva la cordura. No obstante, la profesional es incapaz de procesar su relato al percibirlo como una posible fantasía carente de lógica. En este punto, el protagonista pierde su único punto de apoyo exterior debido a la incredulidad de su interlocutora.
Asimismo, Clark llega a confesar su sensación de desorientación, revelando que ignora cómo se está extraviando en las profundidades de su psique. Al ser la mente un universo inaccesible para los demás, la terapeuta no logra comprender del todo su testimonio, atribuyendo sus vivencias a los efectos del síndrome de abstinencia tras unas horas sin consumir alcohol. Ella asume que sus experiencias son episodios derivados de la supresión de su adicción; por el contrario, él se niega tajantemente a aceptar dicha correlación, escudándose en la brevedad de su sobriedad para cuestionar la ilogicidad de su experiencia.
Esta dinámica me evoca situaciones reales observadas en personas en proceso de desintoxicación (no necesariamente drogas), quienes, tras apenas un par de días de abstinencia, afirman estar plenamente recuperadas cuando, en rigor, es el momento de mayor virulencia de los síntomas. Paradójicamente, la sugerencia de que sus percepciones son fruto de la abstinencia suele desencadenar en ellas una vehemente reacción de rechazo.
Sin embargo, el aspecto más alarmante no es este autoengaño, sino la necesidad compulsiva de Clark de validar su cordura arrastrando a otros a su particular abismo. Esta conducta refleja la peligrosidad de quien involucra a personas inocentes en el mundo de sus adicciones y conflictos con el único fin de reafirmar sus tesis. Es el equivalente a incitar a un tercero al consumo de una sustancia nociva, guiándolo involuntariamente hacia un desenlace nefasto.
Para mayor abundamiento, es su joven empleado quien resulta enviado a las profundidades mediante una cuerda para inspeccionar el lugar. Cabe preguntarse por qué Clark no asume el riesgo de explorar su propio universo mental. Delegar esta tarea en un inocente constituye un acto insigne de cobardía, transformando el arrastre emocional en un empujón deliberado hacia un entorno del que no hay retorno fácil.
Aunque la imagen se muestre difusa, el primer encuadre del ente misterioso revela una silueta reconocible: la figura de un pirata. En el contexto de una tienda de muebles, Clark es ese pirata; el monstruo no es más que la personificación de sus traumas, temores y frustraciones. Su mente ha quedado confinada junto al espectro de sus errores, atrapada en un bucle temporal alimentado por sus decisiones erróneas.
La escena de la cama amarrada con la cuerda que precipita a ambos personajes tras la retirada del joven ilustra a la perfección el mecanismo de contagio de las adicciones. Basta la incursión de un individuo para sumergir al resto en su degradación; la mera proximidad al consumidor adicto genera daños devastadores. De no haber penetrado en la psique perturbada de Clark, los empleados habrían permanecido a salvo, pero terminaron sufriendo las consecuencias del peligro.
Cuando las diversas líneas argumentales convergen para llegar a la resolución, se produce una eclosión narrativa de gran satisfacción. Durante la estancia de Clark en el área de las piscinas, la joven le pide ayuda desde el otro lado del muro con una consigna clara: romper el cristal. Este elemento recupera su carga simbólica inicial: asumir el control del propio destino y abrir vías de solución. La instrucción que recibe Clark implica la necesidad imperiosa de fracturar la barrera primordial, constituida por su propia mente dominada por el trauma y el miedo. Debe abandonar ese estado inmediatamente para evitar la catástrofe. Ella, al no hallarse aún totalmente alienada en ese entorno hostil (porque no es su cabeza), tiene todavía la posibilidad de salvarse, pero requiere que Clark dé el paso definitivo de superación personal para rescatar a ambos. Por desgracia, él es incapaz de percibirla debido a los muros que su mente ha erigido para defenderse, fruto de la incapacidad para gestionar su psique, arruinando no solo su vida sino también la de sus subordinados.
Al solicitarle Clark que busque una cerradura o un pomo, se aprecia una intención de una búsqueda de soluciones por su parte. Aunque se trate de un intento ingenuo dada la ausencia de aberturas en el muro, demuestra una tentativa mínima de avance. Sin embargo, su error radica en buscar una vía convencional en lugar de proceder a la destrucción de la barrera. Trágicamente, la solución es evidente únicamente para la joven desde el exterior; la persona inmersa en la problemática permanece ciega ante la salida que su entorno percibe con claridad.
La irrupción del ente en la estancia donde se encuentra Clark significa su perdición definitiva. El protagonista ha sido incapaz de hallar una vía de escape a tiempo, a pesar de haber dispuesto de oportunidades y asistencia.
La secuencia siguiente nos traslada a una vivienda de aparente abandono, Un plano detalle a un frasco de clorpromazina, un fármaco antipsicótico prescrito para la esquizofrenia, cuadros de agitación psicomotriz e hipo incoercible. Un planteamiento de interrogantes: ¿Qué criterio define la frontera de la cordura? ¿Somos acaso incomprendidos, al igual que le ocurrió a Clark en el espacio terapéutico? ¿Quién tiene el juicio suficiente para declarar el estado de lucidez que presenta una persona? Inmediatamente, la narrativa se reorienta hacia la infancia de la psicóloga. En su hogar familiar, la ventana del salón principal permanece completamente tapada por periódicos. Una sugerencia que indica que la madre padecía una patología similar a la de Clark, permaneciendo reclusa en su universo privado y medicada. Al igual que el protagonista, la madre rehusaba mirar a través del cristal y encarar la realidad, abordando la misma razón desde un lugar diferente.
En esa misma escena, la niña intenta atisbar el exterior a través de las rendijas de los periódicos que cubren el cristal, impulsada por el deseo de comprender la amenaza y abrir la ventana. Sin embargo, la madre limita su libertad aduciendo que el mundo exterior es un entorno hostil habitado por presencias amenazantes. Poco después, un vehículo irrumpe destruyendo la fachada, e inmediatamente la acción corta al despertar de Mary en el presente. Es la ruptura de la espiral del pasado en la mente de la terapeuta: la colisión del automóvil es la determinación necesaria para trascender sus propios límites psíquicos, alcanzando así una liberación que le permite superar sus traumas infantiles.
Al despertar, reposa sobre ella el volumen titulado ‘Clinical Judgement Under Uncertainty’ (‘El juicio clínico en situaciones de incertidumbre’). A diferencia de Clark, Mary ha adiestrado su mente para dominar la duda y el estrés en escenarios adversos. Su capacidad para preservar el criterio en momentos de crisis le permitió derribar sus barreras internas (simbolizadas por el impacto del vehículo), logrando evolucionar gracias al desarrollo de su capacidad de juicio.
Una vez afinado su autocontrol, Mary adopta la resolución de auxiliar a Clark, regresando a la tienda de muebles para adentrarse en la psique de este. Ha comprendido que la alienación puede manifestarse de múltiples formas sin que ello implique una mera invalidez moral. Aunque vacila un instante antes de cruzar el umbral consciente del riesgo que implica entrar en una mente tan degradada, su vocación de ayuda y comprensión la impulsa a intentar rescatarlo de su confinamiento.
Al internarse en ese espacio, Mary halla a Clark completamente consumido por su propia destrucción mental.
Las secuencias posteriores ilustran el proceso de corrupción interna. Inicialmente, se nos muestra a la madre de Mary confinada en una silla de ruedas dentro de una institución psiquiátrica; una figura juzgada como demente por la sociedad pero que, bajo otra lectura, pudo no haber sido asistida adecuadamente. La narrativa pasa a la síntesis de una backroom: la vivienda familiar colapsa sobre sí misma. La estancia en la que Mary tiene un crudo pasado se transforma en una habitación amarilla y angular conectada a un pasillo sombrío. Mary se halla en la misma encrucijada que Clark, sujeta a la filosofía y que advierte que la mente no entrenada perpetúa ciclos, hábitos y patrones de conducta que la hacen girar en espiral, replicando los mismos problemas y soluciones de forma recurrente por ser la vía neurobiológica de menor resistencia. Esta escena representa la culminación del discurso de la obra: la mente actúa como el principal adversario del individuo, al intentar avanzar sin romper las inercias del pasado, aferrándose a soluciones obsoletas en lugar de subvertir la rutina y desarticular los desequilibrios psíquicos.
La apelación de Mary («Clark, déjame ayudarte antes de que sea demasiado tarde») evoca un arquetipo recurrente cuyos desenlaces suelen ser trágicos, dado que el individuo objetado permanece atrincherado en sus convicciones y sin aceptaciones de auxilio. La situación alcanza su punto de no retorno cuando Clark verbaliza una fascinación estética por su propio caos, romantizando su degradación. A partir de ese instante, cualquier esfuerzo de rescate resulta infructuoso. Mary le expone la realidad sin ambages: el abandono de su esposa no responde a factores externos, sino a su absoluta incapacidad para asumir sus propias deficiencias y a su hábito sistemático de culpabilizar al entorno por sus pésimas decisiones.
En este punto se produce el intercambio verbal decisivo del film:
<<—¿Cómo dejo de hacerlo?>>
<<—Honestamente, no tengo la menor idea. No puedo ayudarte, Clark, por más que lo intente. Simplemente no depende de mí.>>
<<—Creo que no quiero cambiar.>>
Esta última declaración es la raíz de innumerables tragedias humanas. La imposibilidad de prestar auxilio a quien rehúsa ayudarse a sí mismo por hallarse cegado por su propia soberbia racional. Al menos, Clark alcanza la lucidez de reconocer su falta de voluntad para el cambio. Él comprende que es el autor de su ruina, pero opta deliberadamente por la pasividad.
Esta postura, en última instancia, sería respetable si se limitase al espacio individual: el derecho a permanecer atrapado en el propio infierno sin involucrar a terceros ni hacerlos víctimas de los conflictos autogenerados.
A continuación, emerge la manifestación más abstracta y degradada de Clark, una versión enteramente consumida que arremete contra la faceta de su ser que ha aceptado la renuncia al cambio. Constituye el desenlace definitivo: la aniquilación del personaje a manos de su propia psique.
Ante esta resolución, Mary decide emprender la huida, consciente de la amenaza que supone permanecer en un espacio mental ajeno. Durante la retirada, sufre un daño físico en la pierna al quedar atascada entre el mobiliario: son las secuelas inevitables de la evasión.
En el enfrentamiento final contra la peor versión de Clark, la protagonista adopta la determinación que él fue incapaz de asumir: romper con el pasado. Emplea la huella de cemento de su infancia para encarar miedos que ni siquiera le pertenecen, consolidando un avance crucial en su proceso de maduración personal. Mary logra así la capacidad de trascender su historia y avanzar hacia el futuro, mientras que Clark queda consignado a un confinamiento perpetuo en la estructura de su mente.
Quizá, la mayor ironía reside en ver cómo Mary, aun estando entrenada para este tipo de situaciones, cae presa de su propia mente. La ilusión de haber escapado del laberinto es solo eso: un espejismo. Sigue atrapada en estas backrooms, pero esta vez, no es la abstracción conceptual de Clark, sino la suya. Una derivación de la trama principal que conecta directamente con Async -un hilo del que hablo en más profundidad en mi crítica personal sobre la película-, sugiriendo que Mary es una rata de laboratorio, tirando más hacia la ficción argumental que concluir la reflexión filosófica.
A pesar de sus inconsistencias en la ejecución técnica y en el lenguaje puramente cinematográfico, la propuesta funciona como un notable ejercicio de introspección. El foso que cava en nuestras conciencias es lo suficientemente profundo como para hacernos replantear nuestros esquemas mentales, sistemas de ejecución y creencias. Aunque no resonará en todos los espectadores, aquellos estudiantes de las ciencias sociales y del comportamiento humano encontrarán aquí un material fascinante, capaz de rivalizar, inclusive, con la teoría de la literatura académica.
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